miércoles, 30 de septiembre de 2009

Mis hijos, tus hijos, nuestros hijos

Veo a mis hijos. Veo a los hijos de mis amigas, de mis familiares, a los hijos de los demás. Los observo: cómo se comportan, cómo hablan, cómo dramatizan, cómo lloran. Y lo que más noto en ellos es que no tienen temores ni les importa si alguien los vio "moqueando" después de llorar hasta más no poder. No están pendientes de si tienen las manos o la ropa sucia, ni de si los están mirando o no. Simplemente son ellos mismos, sin filtros.

Los niños siempre quieren hacer algo. Si no están haciendo nada, te lo dicen. Y les encanta que los tratemos como grandes. Si nunca lo has hecho, prueba a comenzar a preguntarles: "¿Qué comida quieres hoy?", "¿A dónde te gustaría ir?", "¿Qué ropa te vas a poner?", "¿Cuál juguete te gusta más, y de qué color?". ¿Cuántos padres realmente les preguntan a sus hijos a dónde les gustaría ir de vacaciones?

Algunos deciden por ellos sin preguntarles nada, sin darles ninguna posibilidad de elección. Y es enorme la importancia de que los padres aprendamos a dejar elegir a nuestros hijos, que puedan decidir desde pequeños lo que les gusta o no. Eso los hace sentir parte activa de la familia, integrados en las decisiones, y poco a poco más responsables de lo que eligen.

A los niños les encanta sentirse útiles y productivos. Cuando no encuentran esa sensación, buscan llamar nuestra atención de otras formas: se frustran, insisten, no te dejan en paz, piden y piden cosas. No es manipulación; es su manera de decirnos que necesitan presencia, que necesitan ser vistos. Tal vez nosotros descuidamos esto sin darnos cuenta, pero ellos sí lo sienten, y lo expresan a su manera.

Tratemos a nuestros hijos con más confianza, dándoles espacio para decidir y para equivocarse. Son niños, pero también hay que prepararlos para la vida, para que crezcan siendo seguros, independientes, capaces de resolver incluso cuando un día no estemos presentes para hacerlo por ellos.

Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es amarlos. Y vale la pena detenernos un momento a pensar: qué vacío sería el mundo si no tuviéramos a nuestros hijos para querer.!

domingo, 27 de septiembre de 2009

Cuando el zapato nos queda bien, nos olvidamos del pie

Hay una frase que he escuchado muchas veces: "cuando el zapato nos queda bien, nos olvidamos del pie". Es una forma sencilla de decir algo que nos pasa todo el tiempo: cuando algo funciona, cuando llega la comodidad, dejamos de prestarle atención a lo que en realidad hace que todo funcione.

Nos pasa con la salud: mientras el cuerpo responde bien, no pensamos en él. Nos pasa con las relaciones: cuando todo fluye, dejamos de cuidar los detalles que las sostienen. Nos pasa con el trabajo, con la familia, con nosotros mismos. Nos acomodamos, y sin darnos cuenta, comenzamos a dar por sentado lo que antes nos costó tanto conseguir.

Y también ocurre lo contrario: cuando algo deja de funcionar, cuando "el zapato aprieta", culpamos a los demás, nos quejamos de la vida, y consideramos a otros responsables de que las cosas no salgan como esperamos. A veces nos damos por vencidos, y entonces andamos por la vida sin un plan, sin objetivos, y sin ningún tipo de recompensa.

Si miráramos la vida como un trabajo que merece nuestro mejor esfuerzo, entenderíamos que la recompensa no llega de quejarnos cuando algo no sale bien, sino de seguir haciendo las cosas con dedicación, incluso cuando ya nos sentimos cómodos. Cuando nos hacemos buenos en algo, los demás lo notan: algunos nos imitan, otros aprenden de nosotros. Y no hay mejor recompensa que sentirnos apreciados por el esfuerzo que sostenemos, no solo por el que mostramos al principio.

Pero ese esfuerzo no puede depender de que las cosas vayan bien. La vida no será mejor con nosotros hasta que nosotros no decidamos ser mejores con ella, incluso cuando el zapato ya nos quede perfecto.

El pie sigue ahí, sosteniéndonos, cargando con cada paso, aunque ya no lo sintamos. Así como el esfuerzo diario, el cuidado de los detalles, la gratitud constante, siguen siendo necesarios, aunque la vida ya nos resulte cómoda y fácil.

No nos conformemos con la vida que tenemos solo porque ya nos sentimos a gusto en ella. La vida ofrece una cantidad de oportunidades que está esperando a que nos atrevamos a tomarlas, incluso, y sobre todo, cuando todo parece estar funcionando bien.

Gracias, pie, por seguir ahí incluso cuando dejamos de notarlo

viernes, 18 de septiembre de 2009

Justicia del hombre, Justicia Divina

"Dime la verdad, que yo te invento la mentira." Esta frase es muy usada por los abogados cuando quieren defender a su cliente, a veces indefendible. Pero para eso están los abogados: para abogar por una causa, sin importar si es buena o mala, porque ese es su cliente.

Obviamente, no siempre podemos creer que hay que defender lo indefendible cuando sabemos que existe culpa. Si nos basamos en uno de los valores más importantes, la justicia, ahí esa frase no tiene mucho espacio; más bien resulta contradictoria. "Justos por pecadores", decimos cuando pagamos algo que no hicimos. "Cuando somos inocentes, no hay justicia", decimos cuando sentimos que la verdad no se reconoce. "Cuando no hay justicia, no hay justos", concluimos, cansados de ver que el sistema no siempre responde como debería.

Tal vez el problema es que dejamos la justicia únicamente en manos del hombre, y nos olvidamos de que existe algo que llamamos justicia divina, que para muchos es la mejor de todas las justicias.

A veces entramos en conflicto por situaciones donde nuestros seres queridos pueden verse afectados, directa o indirectamente. Hay situaciones que no merecen el desgaste emocional de recurrir a las leyes. Es probable que tengamos argumentos válidos y certeros para decidir cuándo algo requiere intervención legal y cuándo no, pero hay algo que se llama "precio", y es muy alto el costo emocional que ciertas situaciones pueden generar.

No siempre podemos, ni debemos, dejarlo todo en manos de la justicia divina. Hay delitos que, por su naturaleza, requieren penalización legal. Pero para aquello que sí podemos decidir nosotros mismos, sin tener que recurrir a las leyes, muchas veces es mejor dejárselo a Dios. ¿Qué mayor castigo puede recibir alguien que el que se impone a sí mismo? Y cuando hablo de justicia divina, me refiero a esa presencia que nos pone frente a cada situación donde debemos reconocer nuestros errores, asumir las consecuencias, y hacernos responsables de ellas.

Cada quien se castiga a sí mismo, tarde o temprano. Por eso creo que necesitamos estar conscientes de las acciones que generamos, y del daño que podemos causar en otras personas con nuestras actitudes. Solemos hacer mal uso de la razón, tendemos a ser violentos, agresivos, defensivos. Por eso es tan importante intentar ser justos antes de atacar a los demás.

Valoro profundamente a las personas irremediablemente justas, esas que no necesitan que nadie les invente una mentira para ayudarlas, cuando en realidad son culpables de algo. Cuando alguien reconoce su error y lo hace público, ahí está, en cierta forma, redimido, y esa es quizás la mejor manera en que la justicia divina puede abogar por él.

No seamos como los injustos que culpan a los demás para ganar indulgencia propia; eso es de lo peor a lo que puede llegar un ser humano. Aprendamos, en cambio, a ver la verdad en el corazón de las personas, a dejar la mentira a un lado, y a recordar siempre que arriba hay un Dios que ve hacia abajo. No olvidemos nunca que primero está la justicia divina, y después, la justicia del hombre.

martes, 15 de septiembre de 2009

Rescatando a la mujer

Somos mujeres. Algo hermoso, por ser creadas por Dios y porque fuimos creadas para ser compañera del hombre. Dios nos dió la bendición para poder procrear. La mujer es algo hermoso, que se debe cuidar, venimos de una hermosa madre que Dios creo con la naturaleza de que fuera madre, pero sobre todo ser MUJER.

Hemos estado en una sociedad donde hemos dejado gran parte de nuestro rol de ser mujer a un lado para atender asuntos que corresponden a los hombres. El mundo ha evolucionado y nosotras en él, nos hemos convertido en mujeres exitosas, emprendedoras, guerreras, madres, y se nos ha olvidado que también debemos dejar que los hombres hagan su rol.

Queremos hacer todo creyéndonos las SUPER MUJERES : hacemos lo nuestro, lo de ellos, el trabajo nuestro, el trabajo de ellos, decidimos sobre nuestros hijos, sobre la familia, decidimos a donde ir de vacaciones, decidimos hasta que hacer con el dinero de él porque nosotros lo “administramos” mejor que ellos.

Somos MUJERES, féminas. Rescatemos a esa mujer que tenemos dentro de nosotras, nos hemos convertido en HOMBRES, que queremos resolver todo y ponernos los "pantalones" nosotras cuando debemos ponernos nuestra "falda" y hacer nuestro rol.

Rescatemos nuestra dulzura, dejemos que ellos decidan y que sientan que están cumpliendo su rol. Nos quejamos de ellos cuando decimos que no hacen más por nosotras y para nosotras y somos nosotras las que no dejamos que ellos hagan, porque “nosotras lo hacemos mejor”.

No es solo vestirse como mujer, es sentirse mujer;
No es hacer lo que al hombre le corresponde sino apoyarlo a él en lo que le corresponde hacer
No es que tengamos la razón , es que ellos también tienen la razón
No es que yo hago las cosas a mi manera, es que también hay que esperar que ellos hagan las cosas a su manera.

Apoyo a los hombres que se esfuercen en hacer su rol, y que dejan que la mujer haga el suyo. Es bueno que de vez cuando nos hagan saber que NO tenemos la razón y no como dicen algunos hombres “a las mujeres hay que darles la razón”.

A los hombres les gusta “la mujer con pantalones” (asi dice una cación). Es posible que a algunas mujeres les resulte halagador que un hombre le diga que le encanta que resuelva sola y que no dependa de un hombre, pero es una posición cómoda para algunos ya que en esta época hay muchos hombres que prefieren cada vez hacer menos y buscarse mujeres que ya vengan completas, y ahí venimos nosotras a rescatarlos a ellos cuando somos nosotras las que queremos que nos rescaten.

Las mujeres debemos luchar por rescatar lo que somos, cuidemos de nosotras, dejemos que ellos también nos cuiden. No somos las madres de ellos, somos las mujeres para ellos, las compañeras para ellos y si queremos que realmente los hombres comiencen a hacer su rol, comencemos por dedicarnos a SER MUJER.