Veo a mis hijos. Veo a los hijos de mis amigas, de mis
familiares, a los hijos de los demás. Los observo: cómo se comportan, cómo
hablan, cómo dramatizan, cómo lloran. Y lo que más noto en ellos es que no
tienen temores ni les importa si alguien los vio "moqueando" después
de llorar hasta más no poder. No están pendientes de si tienen las manos o la
ropa sucia, ni de si los están mirando o no. Simplemente son ellos mismos, sin
filtros.
Los niños siempre quieren hacer algo. Si no están
haciendo nada, te lo dicen. Y les encanta que los tratemos como grandes. Si
nunca lo has hecho, prueba a comenzar a preguntarles: "¿Qué comida quieres
hoy?", "¿A dónde te gustaría ir?", "¿Qué ropa te vas a
poner?", "¿Cuál juguete te gusta más, y de qué color?". ¿Cuántos
padres realmente les preguntan a sus hijos a dónde les gustaría ir de
vacaciones?
Algunos deciden por ellos sin preguntarles nada, sin
darles ninguna posibilidad de elección. Y es enorme la importancia de que los
padres aprendamos a dejar elegir a nuestros hijos, que puedan decidir desde
pequeños lo que les gusta o no. Eso los hace sentir parte activa de la familia,
integrados en las decisiones, y poco a poco más responsables de lo que eligen.
A los niños les encanta sentirse útiles y productivos.
Cuando no encuentran esa sensación, buscan llamar nuestra atención de otras
formas: se frustran, insisten, no te dejan en paz, piden y piden cosas. No es
manipulación; es su manera de decirnos que necesitan presencia, que necesitan
ser vistos. Tal vez nosotros descuidamos esto sin darnos cuenta, pero ellos sí
lo sienten, y lo expresan a su manera.
Tratemos a nuestros hijos con más confianza, dándoles
espacio para decidir y para equivocarse. Son niños, pero también hay que
prepararlos para la vida, para que crezcan siendo seguros, independientes,
capaces de resolver incluso cuando un día no estemos presentes para hacerlo por
ellos.