lunes, 19 de octubre de 2026


 

Queridos lectores:

Vamos aprendiendo a dejar pasar lo que sentimos sin juzgarlo, como esos pensamientos que vienen y se van: nos pasa que pensamos "esto es un trago amargo", pero hay que transitarlo, es parte de la vida.

Ya nos tocará el trago dulce. Solo lo experimentamos, nos hacemos cargo y seguimos.


👉 Lee la reflexión completa aquí

lunes, 12 de octubre de 2026

Volví a escribir


Queridos lectores:

Después de un tiempo en silencio, volví a escribir. Mis reflexiones ahora tienen una nueva casa y llegan cada lunes a tu correo, gratis.

Les comparto un adelanto de la reflexión de esta semana, "Del modo trabajo al modo vivir":



Hace ocho años llegué a este país. En este tiempo he aprendido muchas cosas: a trabajar sin descanso, a llevar todo con prisa, a resolver sola, a empezar de nuevo en otra cultura. Y también he construido: nuevos proyectos, buenas oportunidades, nuevas amistades. He crecido y he logrado más de lo que imaginé al llegar. Por eso me siento bendecida.

Y ahora, con todo eso logrado, quiero sumar algo más…

👉 Lee la reflexión completa aquí

Aquí empezó todo, y aquí sigo agradecida. Ahora la conversación continúa en mi nueva casa, ¿me acompañas?

Con cariño,



miércoles, 28 de agosto de 2013

No me des dinero, dame amor


Siempre he pensado que para muchas personas es más fácil dar dinero que dar amor. Resulta más rápido, más práctico: regalar dinero para salir del paso, para cumplir un compromiso, sin tener que detenerse a pensar en el otro.

Cuando un hijo o un familiar cumple años, no son pocos los que prefieren regalar dinero antes que tomarse el tiempo de buscar algo que realmente diga "te quiero". ¿Cuántos hijos hay esperando su cumpleaños no por el dinero, sino por saber cuántas personas los llamaron, los recordaron, les dedicaron un mensaje, una atención, un almuerzo? Todos necesitamos ese afecto que alimenta el alma.

No es cuestión de dinero, es cuestión de tiempo. Con los hijos, ¿cuánto tiempo les dedicamos en medio del trabajo que nos consume? ¿Cuánto nos queda para conversar, para preguntarles cómo les fue, para ver una película juntos? A veces, lo único que logramos es salir a comer un fin de semana y llamarlo "tiempo en familia".

Creo que las familias se están deteriorando poco a poco. La unión familiar es responsabilidad de quienes estamos al frente del hogar. Cuando dejamos que el dinero compre nuestro tiempo, perdemos la capacidad de agradar al otro, de llenar de emoción su corazón.

Hay algo hermoso en el proceso de pensar un regalo para alguien: la búsqueda, la duda, el "¿le gustará esto?". Cuando solo entregamos dinero, lo único que recibimos a cambio es un "gracias, con esto compro lo que quiero" — y ahí muere la emoción.

El dinero es una energía necesaria para vivir, pero también puede ser, según cómo se use, una energía que rompe el amor. Cuando regalamos algo, la otra persona no sabe qué va a recibir. Su corazón late por unos segundos imaginando: "¿qué me habrá comprado?". Y aunque a veces no sea exactamente lo que esperaba, lo que importa es haber vivido esa expectativa, esa emoción de saber que alguien se tomó el tiempo de pensar en ti.

Cuando recibo un regalo, así sea el más pequeño, lo agradezco de corazón. No es exageración: el simple gesto de que alguien piense en ti es lo que despierta la emoción. Inténtalo alguna vez — observa la cara de la persona cuando le entregas algo, aunque sea humilde. Ahí está la respuesta de si tu atención llegó a su corazón.

No comparto, regalar dinero en vez de un detalle, no es mi práctica. Creo que debemos esmerarnos en buscar, para quien es especial en nuestra vida, algo que demuestre el afecto que sentimos.

En mi vida seguirá habiendo cajas de regalo, bolsas, papel de regalo — pero jamás un sobre con dinero para obsequiar. Los únicos sobres de dinero que manejo son los del banco; eso es una transacción comercial, no un acto de amor.

Sé que hoy es práctico pedir dinero en las bodas, en los quince años. Pero he visto parejas y quinceañeras salir desmotivadas cuando no reciben "lo que esperaban". Quizás hubiera sido mejor una olla, un sartén, una copa — cosas que hablan del aprecio de quien las eligió. Nos hemos acostumbrado a convertir en acto mercantil lo que debería ser un acto de amor.

El dinero no es todo. Es, muchas veces, la salida de quien no quiere —o no sabe— buscar cómo llenar de alegría el corazón del otro. Por eso, cuando mis hijos me piden dinero como regalo, no se lo doy. Prefiero ver su cara, su expresión, sus ojos, su "gracias, justo lo que quería" — y sentir que se saben queridos por mí.

Creo que regalar es el mejor acto de amor que podemos ofrecer. El dinero lo reservo para pagar compromisos; el resto de mi energía la dedico a halagar, a compartir, a sentir la emoción de quienes amo.

Si regalamos a otros como nos gustaría que nos regalaran a nosotros, estaremos cultivando lo más valioso que existe: la unión familiar.

sábado, 12 de junio de 2010

Razones por la que quiero un perro

Me encantan los perros, y a mis hijos tambien, sin embargo, no me habia decidio a comprarlo por muchas razones y es que se requiere tiempo y dedicacion para tambien atenderlos a ellos. Parto de un principio basico y es que si tenemos como proveer a una mascota y ademas cuidarla, darle cariño y compañia, es el momento para tener una mascota.

En estos dias yo conversaba con unos amigos lo importante que es la familia y prestar atencion a la compañia y el recibimiento, y somos nosotros los responsables de que muchas veces nuestros hijos, esposos, compañeros, familia estemos unidos y permanezcamos unidos. El recibimiento es para mi lo mas grato cuando llegas a cualquier lado y sientes que le importas a alguien, y que se contenta de verte.

Muchos estan tan distraidos en sus propios asuntos, que ya no te reciben, ya no te ven, y no es un caso particular, sino comun el que nos ocurre a todos los padres, cuando hay computadoras, video juegos, celular, el cable, que los distraen, al punto de no prestar atencion a la persona que esta a su alrededor. No ocurre asi con un perro, y es por eso que ahora evaluando eso, tal vez decida comprar un perro y estas son mis razones:

Quiero un perro porque el me recibe y mueve cola, no importa si yo estoy de humor o no, al perro no le importa mi humor, el se le alegra es de mi regreso.

También quiero un perro porque aunque ladre para verme se que es por la emoción y no porque me esta reclamando.

También quiero un perro porque cuando me despierte el perro estará cerca de mi cama y no abriendo las persianas para que me levante.

También quiero un perro porque cuando el tenga hambre solo le sirvo su plato preferido y listo!!! No tengo que pensar mucho que hare de desayuno.

También quiero un perro porque se que si salgo a caminar va a estar al lado mio o detrás de mi acompañándome y cuidándome, y que se no va a salir corriendo a regresarse porque esta muy cansado y aburrido.

Tambien quiero un perro porque si quiere correr en el parque yo no tengo que estar detrás de el para que no se pierda.

Tambien quiero un perro porque aunque se este comiendo su HUESO, cuando me sienta llegar a casa lo dejara a un lado y correra a recibirme, saludarme e irse de nuevo a lo suyo.

Tambien quiero un perro porque cuando presienta que algo no esta bien, el vera como alertarme para cuidarme.

Tambien quiero un perro para jugar con el, porque se que no me hara trampas en el juego.

Tambien quiero un perro porque asi puede reconocer que persona es grata o no,porque los perros no se equivocan cuando no les gusta alguien.



Como el aguila!! Sin pico, sin uñas, sin alas!!!

Hace tiempo lei que las aguilas pueden durar casi 80 años y justo cuando tienen 40 años deben tomar una decision ya que sus uñas se hacen debiles para poder agarrar a sus presas y sus alas estan envejecidas y se hacen pesadas para poder volar, por lo que deben decidir entre morirse o buscar su proceso de renovacion durante un tiempo, es cuando deciden irse una montaña y quedarse ahi todo el tiempo necesario para vivir su proceso de renovacion, y deciden arrancarse el pico pegandolo contra la pared para que le nazca un nuevo pico y poder asi arrancarse una a una las uñas para que tambien le crezcan nuevas uñas y poder asi arrancarse las plumas y tener un nuevo plumaje. Terminado ese proceso deciden ahora regresar con nuevas alas, nuevo pico y nuevas uñas y totalmente renovadas a vivir otros años mas!!!

Esta nueva aguila volvio a ser el aguila fuerte, y asi como las aguilas podriamos ser los seres humanos, necesitamos renovarnos, tener nuevas alas, querer ser mas fuertes, necesitamos tomar la decision de poner entusiasmo en cada uno de los proyectos que tengamos en nuestra mente, hacer de nuestra vida algo mas divertido, mas sano y con mas sabor. Es desprendernos HOY de lo que no sirve para nuestra vida, aunque haya funcionado ANTES, porque antes no es igual a hoy, y hoy sentimos lo que no sentiremos en el futuro... no esperemos a arrancarnos el pico, las uñas, las alas y estando renovados quedarnos estacionados.

Ahora comprendo a muchas mujeres que dedicaron tanto tiempo para otros y que decidieron tomar una posicion "rebelde" pero sana, cuando dicen, AHORA VOY A DEDICAR UN TIEMPITO PARA MI, es bueno ya dejar de hacer por los demas, cada uno debe vivir su propio proceso de transformacion cuando le llegue su momento.

Estoy volviendo a nacer, ahora es que queda aguila para rato......, A VOLAR PUES!!!!

lunes, 26 de abril de 2010

Quien sirve a quien?

A mí me encanta sentirme atendida y servida. ¿A quién no? A todos nos gusta que nos atiendan, que nos den respuestas cuando preguntamos, que nos orienten cuando pedimos orientación.

Cuando usamos la palabra SERVIR en el buen sentido, hablamos de poder ofrecer un servicio que satisfaga la necesidad de un cliente o usuario respecto a algún producto que le interese. Quiero, a través de esta anécdota, expresar lo que para mí representa tener cultura de servicio. Si la comparto es porque sé que algunos habrán vivido situaciones parecidas.

Días pasados fui a un banco y le pregunté al ejecutivo de atención al cliente sobre un servicio. Su respuesta fue: "No tengo información", y acto seguido se volteó y siguió su trabajo. Ante esa actitud no me quedó más que preguntar: "Disculpe, ¿dónde es Atención al Cliente?". "Es acá", respondió. "¿Y quién me puede dar información?", insistí. "Mi compañero, que no ha llegado."

Me quedé en el aire... sin embargo, me senté a esperar. NO al compañero, sino a pensar en las palabras adecuadas para hacer un reclamo ante tanta displicencia.

Como clienta, consideré necesario expresarle mi insatisfacción. Me acerqué y me senté frente a él: "Buenos días. Una pregunta: cuando un cliente tiene una queja sobre un servicio prestado por el banco, ¿a quién se dirige?". Él respondió: "A Atención al Cliente". "Entonces, ¿puedo quejarme con usted?", le pregunté. "Sí, claro." "Bueno... ¡tengo una queja de usted!"

"Yo soy clienta de este banco, y como clienta, cuando tengo una duda y pregunto a Atención al Cliente, es porque espero como respuesta algo que aclare esa duda, y me gustaría sentirme atendida. Sé que tal vez usted no maneje la información que pregunté, pero tal vez habría sido mejor escuchar, por ejemplo: 'Buenos días, señora, lamentablemente no manejo esa información. Mi compañero, que sí la maneja, no llega temprano, así que si gusta tomar asiento y esperarlo, con mucho gusto.'" Y le sonreí para suavizar el reclamo. Él, apenado, me dijo que tenía razón y que lo disculpara.

Simplemente acepté sus disculpas. Sin embargo, esa fue mi primera impresión, y con esa impresión me quedé. Con esa simple respuesta, tal vez no me habría ido con la información, pero sí con la sensación de haberme sentido atendida, al menos en el trato. Quizás en otro momento me habría dirigido al gerente de la agencia a quejarme del servicio; sin embargo, preferí hacerle ver a esta persona, yo misma, la función que tiene como prestador de servicio.

Quiero destacar con esta anécdota lo importante que es que todos tengamos cultura de servicio, y que la mejor manera de practicarla es instruyendo a cada miembro de nuestro hogar a servirse entre ellos mismos. Si somos capaces de servir en nuestra propia casa, seremos capaces de servir al prójimo, y ayudaremos —con un poco de nosotros— a ser mejores ciudadanos y a servir mejor a nuestro país.

viernes, 23 de abril de 2010

Donde estan mis amigos?

No es matar el tiempo, es matar el ocio

Hay una frase que repetimos sin pensar demasiado: "estoy matando el tiempo". Pero si lo analizamos bien, no es el tiempo lo que matamos, es el ocio.

Nos ponemos a hacer tantas cosas improductivas en un tiempo que pudiéramos usar para generar algo productivo en nuestras vidas. Decimos: "estoy matando el tiempo haciendo cualquier cosa", y resulta que esa "cualquier cosa" es nada para el tiempo que en realidad estamos perdiendo.

Al tiempo no se le puede tratar como ocio. El ocio es hacer cosas improductivas; te vuelves ocioso cuando no sacas provecho del tiempo. Visto así, nos decimos mentiras cuando afirmamos que estamos matando el tiempo, cuando lo que verdaderamente estamos matando es el ocio.

El tiempo hay que aprovecharlo, no matarlo. El tiempo se va y no vuelve. El ocio, por el contrario, viene, se va y regresa. Tal vez parezca un juego de palabras, porque muchos dirán que hacen con su tiempo lo que quieren, y eso es cierto. Sin embargo, luego de hacer lo que queremos con nuestro tiempo, nos damos cuenta de que no hicimos nada por aprovecharlo en algo productivo.

Algo productivo pudiera ser, por ejemplo: pensar más en nuestra vida, pensar más en nuestros seres queridos, hacer más por ellos, hacer más por nosotros mismos, dedicar el esfuerzo a construir una mejor versión propia para obtener nuevos resultados. Es momento de pensar con cordura, con inteligencia, y dejar el ocio para ese último espacio que nos sobre, porque de alguna manera hay que dedicarle un tiempito también, pero bien cortito, porque si no, se vuelve un hábito en la vida.

Al final, la diferencia está en una sola decisión: usar el tiempo o dejar que se nos escape sin darnos cuenta.

miércoles, 21 de abril de 2010

Pareja o Compañero?

Muchas veces decimos que queremos una pareja, sin preguntarnos realmente para qué la queremos. Porque cuando uno está solo, "sin compañía", no necesariamente necesita una pareja para sentirse acompañado. En todo caso, lo que se necesita es un compañero de vida.

Solemos decir frases como: "Tengo mi pareja", "Llevo tiempo con mi pareja", "Tengo muchos problemas con mi pareja", "No tengo pareja", "Somos una pareja dispareja", "No parecemos pareja"... De seguro muchos se sienten identificados con alguna de estas frases. Y es que no necesariamente las parejas son compañía, no necesariamente se entienden en todo, no necesariamente tu pareja es tu amigo o amiga.

¿Qué tal si en vez de decir "pareja" decimos "compañero"? Pocas veces escuchamos: "Tengo mi compañero", "Mi compañero es buena compañía", "Mi compañero me entiende y me apoya", "Mi compañero es mi amigo", "Mi compañero me respeta", "Mi compañero me ama". Y entonces uno se da cuenta de que tal vez el hecho de saber que tienes un compañero, en todo el sentido de la palabra, le da poder a la actitud que esa palabra representa.

Un compañero es justamente para eso: para sentirnos acompañados y estar acompañados. Quizás sería mejor decir "quiero un compañero de vida", en lugar de "quiero una pareja", porque pareja la tiene cualquiera... pero un compañero, muy pocas personas.

La mejor compañía es la del compañero que te acompaña en el crecimiento y en el logro de tus objetivos; el que te apoya sin que se lo pidas; el que te escucha sin cuestionarte; el que te ve no solo como su pareja, sino como su amigo o amiga.

Tal vez cambiando "pareja" por "compañero" conseguiríamos lo que en el fondo buscamos: no solo alguien a nuestro lado, sino alguien que de verdad camine con nosotros.


martes, 30 de marzo de 2010

Como vaya viniendo vamos viendo

Como vaya viniendo, vamos viendo" es una frase popular, muy conocida hoy en día, y que repetimos casi sin pensar, como si fuera una filosofía de vida válida para todo. Pudiera funcionar para algunas cosas puntuales y pasajeras, pero quizás no sea suficiente para sostener toda nuestra existencia. A veces, sin darnos cuenta, terminamos viviendo el día a día sin orden, sin rumbo y sin planificación.

Ciertamente hay que aceptar las cosas en nuestra vida, y más aún cuando no las hemos planeado. La vida está llena de imprevistos: una enfermedad, una pérdida, un cambio repentino de circunstancias. Nadie planea eso, y está bien aceptarlo cuando llega. Pero hay una diferencia entre aceptar lo inesperado y dejar que lo inesperado sea quien decida todo por nosotros.

Quizás sea mejor vivir planeando, y en el camino, rogando a Dios para que todo salga bien. Planear no significa controlarlo todo ni eliminar la incertidumbre; significa tomar las riendas de lo que sí está en nuestras manos, y dejar en manos de Dios o de la vida lo que no lo está.

Hay dichos populares que a veces no comparto del todo, y este es uno de ellos. Algunos dichos son ciertos y útiles; otros tal vez aplicaron en su momento para alguien en particular, en una circunstancia específica, y eso los hizo populares. Pero que una frase se repita mucho no significa que deba aplicarse en todo momento de la vida.

A veces "como vaya viniendo, vamos viendo" se convierte, sin que lo notemos, en una manera cómoda de no decidir, de dejar que las cosas simplemente pasen. Y es comprensible: decidir da miedo, planear implica comprometerse con algo, y a veces es más fácil dejar que la vida resuelva por nosotros. No se trata de juzgar a quien vive así, sino de invitar a preguntarnos si esa forma de vivir nos está llevando a donde realmente queremos llegar.

Pensemos, por ejemplo, en quien sueña con estabilidad pero nunca encuentra el momento de empezar a construirla. O en quien quiere una relación sólida pero da por hecho que "el tiempo lo arregla todo". O en quien tiene un proyecto en mente pero sigue esperando "el momento perfecto" para comenzar. No es que estén equivocados ni que merezcan ser juzgados; simplemente, tal vez, no se han dado la oportunidad de planear lo que tanto desean.

Procuremos que lo que venga, venga porque lo trabajamos, porque lo construimos con intención, sin dejar de aceptar con paz lo que llega sin que lo hayamos planeado. Decidir nuestra vida no nos hace inmunes a lo inesperado, pero sí nos da la oportunidad de construir, poco a poco, la vida que queremos vivir.

Nos quedamos sin nada

Hay un miedo silencioso que muchos cargamos sin nombrarlo: el miedo a quedarnos sin nada. Y, sin darnos cuenta, ese miedo termina logrando justamente eso.

Nos quedamos sin nada cuando no perseguimos nuestros sueños.

Nos quedamos sin nada cuando vemos una oportunidad, pero preferimos ignorarla por miedo a lo que podamos encontrar.

Nos quedamos sin nada cuando, pasado el tiempo, nos decimos: "Yo lo hubiera hecho, pero no lo hice porque no podía", y seguimos sin hacerlo, repitiéndonos la misma excusa una y otra vez.

Nos quedamos sin nada cuando creemos que lo tenemos todo, y en realidad no tenemos nada que de verdad nos sostenga.

Nos quedamos sin nada porque nos concentramos en lo que no tenemos, y descuidamos lo que sí tenemos, lo que está justo frente a nosotros esperando ser valorado.

Nos quedamos sin nada cuando dejamos que el miedo decida por nosotros, y le llamamos "prudencia" a lo que en realidad es resignación.

La vida no nos da nada si nosotros no damos nada. La vida no hace nada si nosotros no hacemos nada. No nos vamos a quedar sin nada, porque todo lo que existe también es para nosotros: lo bueno y lo malo, lo fácil y lo difícil. Cada uno elige la vida que desea, incluso la no elección también es una decisión.

La vida se detiene, a veces, justo en el momento en que nos encontramos ante una situación desesperada, como para hacernos ver que tenemos un camino que elegir, y que es nuestra responsabilidad hacer algo para poder tener lo suficiente: tranquilidad, paz, y todo aquello que sea necesario para nuestra vida.

No hace mucho escuché que no todo lo que tenemos es lo que necesitamos. Así que, si en este momento lo que tenemos no es lo que necesitamos, busquemos lo que nos haga felices. No hay nada de malo en reconocer que algo no nos llena, y que merecemos buscar lo que sí lo hace.

Nunca nos digamos que no tenemos nada cuando ni siquiera hacemos el esfuerzo por lograr lo que queremos hoy. Mañana es otro día, y siendo así, lo mejor que podemos hacer es todo lo necesario para perseguir nuestros sueños, sin esperar a que las condiciones sean perfectas, porque tal vez nunca lo serán.

Al final, no nos vamos a quedar sin nada por lo que la vida no nos dio, sino por lo que nosotros no nos atrevimos a buscar. Y eso, todavía, está en nuestras manos.

lunes, 22 de febrero de 2010

El Aguila Encadenada

Existe una historia verídica de un hombre que era dueño de un águila y la tuvo encadenada a una estaca durante muchos años. Con el paso del tiempo, el águila había abierto un surco en la tierra de tanto dar vueltas alrededor de la estaca.

Ya se estaba haciendo vieja, y el amo se compadeció y pensó: "Como no le falta mucho de vida, voy a ponerla en libertad". Quitándole la anilla de la pata, la tomó en la mano y la lanzó al aire.

¿Y qué crees que sucedió? La vieja águila se había olvidado casi por completo de cómo volar. Dando unos cuantos aletazos, bajó nuevamente al suelo, se acercó al surco, y se puso a dar vueltas sobre él, siguiendo la rutina que había tenido durante años. Ya no estaba sujeta con ninguna cadena ni argolla. Lo hacía simplemente por la fuerza de la costumbre.

Se ha dicho que las cadenas de las malas costumbres son tan débiles que no se sienten, hasta que se vuelven tan fuertes que ya no se pueden romper. Y que los hábitos son como sogas: cada día se teje un hilo más, hasta que al final son irrompibles. Ambas cosas son ciertas.

Lo que más impacta de esta historia no es la crueldad de la cadena, sino lo que pasó después de quitarla. El águila ya era libre, y aun así, eligió la rutina. Nadie la obligaba a girar sobre ese surco; lo hacía porque no conocía otra forma de estar en el mundo.

Pienso que el ser humano también es, muchas veces, un ser de costumbre. Cuando hacemos todo el tiempo lo mismo, cuando seguimos siendo lo mismo sin buscar una mejora en nuestra vida o en nuestra situación, terminamos acostumbrándonos a vivir como cualquier otro día, aunque ya nadie nos esté encadenando a nada. La cadena, en algún punto, deja de estar afuera y empieza a estar adentro.

Tal vez la pregunta no es si tenemos cadenas, sino si seguimos dando vueltas alrededor de un surco que ya no nos sujeta. Quizás lo que necesitamos no es más libertad, sino el coraje de usar la que ya tenemos. Vivamos con más amor y menos costumbre, porque el amor empuja a volar, y la costumbre, sin darnos cuenta, nos mantiene en tierra.

sábado, 16 de enero de 2010

Tambièn existe el gris

Solemos dividir el mundo en blanco y negro, como si todo en la vida tuviera que caber en uno de esos dos extremos. Pero entre ambos existe un color que muchas veces nos negamos a aceptar: el gris.

Existen tantos colores, y una gama tan extensa para escoger, pero hay tres con los que nos manejamos constantemente en nuestra vida, y que es importante saber manejar: el blanco, el negro y el gris.

Yo escribí, en una de mis tantas reflexiones, que no creía en los grises, que las cosas son tal como son, y que no creía en las medias tintas. Era una forma cómoda de ver el mundo: todo correcto o incorrecto, todo a favor o en contra, sin espacio para lo intermedio. Esa manera de pensar da una sensación de seguridad, porque no exige matizar nada; uno simplemente decide de qué lado está, y ya.

Hoy comprendo que el gris existe para hacernos ver que no siempre tenemos la razón en todo, y que no siempre tenemos que sentir esa necesidad imperiosa de controlar la vida, mucho menos cuando otras personas no están de acuerdo con algunas cosas sobre las que tenemos una opinión particular.

Pensemos, por ejemplo, en una discusión familiar donde cada parte está convencida de tener toda la razón. O en una decisión laboral donde alguien defiende "lo correcto" sin considerar las circunstancias del otro. O incluso en esos momentos en que juzgamos a alguien sin conocer del todo su historia, su contexto, lo que lo llevó a actuar como actuó. En todos estos casos, el blanco y negro nos dan la ilusión de claridad, pero casi siempre nos alejan de la comprensión real de lo que está pasando.

Podría decir que estuve reflexionando sobre mi propia reflexión, y concluí que estaba equivocada. Que muchas veces solo basta un estado emocional del momento, una herida reciente, o un orgullo herido, para decidir en qué extremo queremos estar, sin detenernos a pensar si ese extremo es real o solo una reacción pasajera que con el tiempo se desvanece.

Descubrí, además, que la mejor manera de ver el "gris" es olvidarnos un poco de nosotros mismos y ponernos en el lugar del otro. Es parte de nuestro proceso de crecimiento y evolución personal aceptar que podemos equivocarnos, y también reconocer que a veces tenemos que cambiar nuestras actitudes para estar en paz con el mundo. No se trata de no tener convicciones, sino de sostenerlas con la humildad suficiente para revisarlas cuando haga falta.

Solo buscando el punto medio entre los extremos podemos conseguir nuestro equilibrio, nuestra serenidad, y demostrarnos que sí podemos entendernos. Para lograrlo, solo se requiere reconocer que hay situaciones con las que debemos reconciliarnos, en lugar de insistir en ganarlas. Reconciliarse no siempre significa estar de acuerdo; muchas veces significa simplemente soltar la necesidad de tener la última palabra.

Quizás la madurez no esté en defender un extremo con firmeza, sino en aceptar que, entre el blanco y el negro, también existe el gris, y que ahí, en ese espacio intermedio, es donde casi siempre se encuentra la paz.


sábado, 5 de diciembre de 2009

NO ES LO QUE SEA, ES LO QUE QUIERO

Hay una frase de Bill Cosby que dice: "Si sabes lo que quieres, lo reconocerás cuando lo veas". Es una frase sencilla, pero encierra algo que muchos pasamos por alto: no se puede reconocer lo que se busca si nunca se ha definido con claridad qué es lo que realmente se quiere.

Esto se hace muy evidente en las relaciones de pareja. Cuando nos convencemos de que no podemos encontrar a la persona adecuada, muchas veces terminamos intentando convertir a la pareja que tenemos en la que en realidad queremos. Hay dos maneras comunes de hacer esto: la primera es decirnos a nosotros mismos que esa persona es diferente de quien realmente es, ignorando lo que tenemos frente a nosotros. La segunda es intentar "arreglarla", cambiarla poco a poco hasta que se convierta en lo que esperamos. Ninguna de las dos maneras funciona.

Cuando no somos honestos con nosotros mismos acerca de quién es realmente nuestra pareja, acabamos desilusionados o decepcionados. Y no es culpa de ellos, es nuestra. Nosotros elegimos no ver, o elegimos esperar un cambio que nunca pedimos con claridad.

Debemos estar claros acerca de lo que queremos de una relación, y teniéndolo claro, esperar exactamente por eso. No tener claridad nos lleva a conformarnos con "lo que sea" o "lo que venga", como si cualquier cosa pudiera llenar un espacio que en realidad necesita algo específico.

Si quien tenemos a nuestro lado no es lo que buscamos, lo más sano es decirlo, con honestidad y respeto. No es nuestra tarea cambiar al otro, así como tampoco es tarea del otro convertirse en quien nosotros imaginamos. Cuando algo no nos queda bien, lo más honesto no es forzarlo hasta que duela, sino reconocer que simplemente no es para nosotros, y que está bien soltarlo.

No se trata de no querer a quien tenemos al lado; se trata de tener la honestidad de preguntarnos si esa relación responde a lo que realmente buscamos, o si seguimos ahí por costumbre, por miedo a estar solos, o por la esperanza de que algún día cambie.

No esperemos cambios en nadie, y menos cuando nosotros mismos no somos capaces de cambiar. La claridad no es solo sobre el otro: también es sobre nosotros. Saber lo que queremos implica, primero, saber quiénes somos, qué necesitamos, y qué estamos dispuestos a dar a cambio.

Hay que saber lo que queremos para merecer lo que nos venga. De otro modo, todo lo que llegue será "bienvenido", simplemente porque no sabemos distinguir lo que queremos de lo que no queremos. Y solo estaremos verdaderamente claros sobre lo que buscamos en el otro, cuando primero estemos claros sobre quiénes somos nosotros mismos.



miércoles, 25 de noviembre de 2009

LO QUE PUEDO Y NO PUEDO CAMBIAR

Cuando queremos un cambio en nuestra vida, muchas veces queremos un vuelco de 180 grados. Tal vez quisiéramos cosas totalmente diferentes: un nuevo hijo, una nueva pareja, un nuevo trabajo, un nuevo carro, una nueva residencia, incluso un nuevo país. Si lográramos obtener todo lo que deseamos, diríamos que nuestro sueño se hizo realidad.

Pero, ¿qué sucede con todos esos cambios cuando muchos de nosotros no somos capaces de cambiar nuestras actitudes, ni para nosotros mismos ni para los demás? Es fácil hacer esto:

Cambiarnos todos los días de zapatos, y aun así no sentirnos cómodos.
Cambiarnos de trabajo, pero tal vez seguir haciendo lo mismo.
Cambiarnos de ropa, y tal vez sentirnos desnudos.

Hay cosas que definitivamente podemos cambiar a la vista de cualquiera. Lo que no podemos cambiar es nuestra esencia: lo que somos, lo que sentimos, lo que vivimos. Y por eso necesitamos sentirnos auténticos, más allá de cuántas cosas externas decidamos modificar.

Hay otras cosas que tampoco podemos cambiar:

No podemos cambiar el corazón, pero sí podemos llenarlo de más amor y de más vida.
No podemos cambiar de padres, porque ellos nos dieron la vida.
No podemos cambiar a nuestros hijos, porque son parte de nuestro ser y la razón de tantas cosas en nuestra vida.
No podemos cambiar de hermanos, porque con ellos crecimos.
No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos decidir qué hacer con lo que aprendimos de él.

Tal vez la verdadera transformación no esté en cambiarlo todo a nuestro alrededor, sino en aprender a relacionarnos en paz con aquello que no podemos cambiar. Lo mejor que podemos hacer es aceptar los cambios como vengan, vivir en paz y tranquilidad, sobre todo cuando algo está fuera de nuestras manos, y sentirnos felices con lo poco o con lo mucho que tengamos.

Al final, cambiar de lugar, de trabajo o de apariencia puede ser fácil. Lo difícil, y lo verdaderamente transformador, es cambiar la manera en que miramos lo que no podemos cambiar.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Tropezando con la misma piedra

Me he equivocado tantas veces en mi vida que ya no entiendo qué tiene de malo el dicho tan conocido: "tropecé de nuevo con la misma piedra". Si lo pensamos bien, ¿realmente aprenderíamos algo de la vida si no tropezáramos con tantas piedras como las que hemos tropezado a lo largo del camino?

El problema no es tropezar. El problema es tropezar y no darnos cuenta de que tropezamos. O, peor aún, tropezar, caer, y no levantarnos. No es malo tropezarnos; lo que sí sería imperdonable es evitar el camino por completo, por miedo a caer, por miedo a equivocarnos.

Pensemos en cuántas veces hemos repetido el mismo error en una relación, en un trabajo, en una decisión financiera, convencidos de que "esta vez sería diferente". Tal vez la pregunta no es por qué volvimos a tropezar, sino qué aprendimos cada vez que lo hicimos, y si finalmente nos detuvimos a mirar la piedra antes de seguir caminando.

La mejor escuela de la vida es precisamente esa: la que nos enseña a través del tropiezo. La que nos dice: "tropezaste, y está bien, porque ahora sabes que esa piedra existe. La próxima vez que tropieces, fíjate si ya sabes cómo levantarte." Es la prueba que la vida nos pone a cada uno, para que salgamos de ella más fuertes, más despiertos, más nosotros mismos.

No podemos permitirnos estar todo el tiempo evadiendo los problemas en lugar de enfrentarlos. Y si tropezando es como aprendemos, entonces bienvenidas todas las piedras en mi camino. Porque más que el tropiezo en sí, lo que define quiénes somos es lo que hacemos después de él: si nos quedamos en el suelo, o si aprendemos finalmente a caminar distinto.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Mis hijos, tus hijos, nuestros hijos

Veo a mis hijos. Veo a los hijos de mis amigas, de mis familiares, a los hijos de los demás. Los observo: cómo se comportan, cómo hablan, cómo dramatizan, cómo lloran. Y lo que más noto en ellos es que no tienen temores ni les importa si alguien los vio "moqueando" después de llorar hasta más no poder. No están pendientes de si tienen las manos o la ropa sucia, ni de si los están mirando o no. Simplemente son ellos mismos, sin filtros.

Los niños siempre quieren hacer algo. Si no están haciendo nada, te lo dicen. Y les encanta que los tratemos como grandes. Si nunca lo has hecho, prueba a comenzar a preguntarles: "¿Qué comida quieres hoy?", "¿A dónde te gustaría ir?", "¿Qué ropa te vas a poner?", "¿Cuál juguete te gusta más, y de qué color?". ¿Cuántos padres realmente les preguntan a sus hijos a dónde les gustaría ir de vacaciones?

Algunos deciden por ellos sin preguntarles nada, sin darles ninguna posibilidad de elección. Y es enorme la importancia de que los padres aprendamos a dejar elegir a nuestros hijos, que puedan decidir desde pequeños lo que les gusta o no. Eso los hace sentir parte activa de la familia, integrados en las decisiones, y poco a poco más responsables de lo que eligen.

A los niños les encanta sentirse útiles y productivos. Cuando no encuentran esa sensación, buscan llamar nuestra atención de otras formas: se frustran, insisten, no te dejan en paz, piden y piden cosas. No es manipulación; es su manera de decirnos que necesitan presencia, que necesitan ser vistos. Tal vez nosotros descuidamos esto sin darnos cuenta, pero ellos sí lo sienten, y lo expresan a su manera.

Tratemos a nuestros hijos con más confianza, dándoles espacio para decidir y para equivocarse. Son niños, pero también hay que prepararlos para la vida, para que crezcan siendo seguros, independientes, capaces de resolver incluso cuando un día no estemos presentes para hacerlo por ellos.

Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es amarlos. Y vale la pena detenernos un momento a pensar: qué vacío sería el mundo si no tuviéramos a nuestros hijos para querer.!

domingo, 27 de septiembre de 2009

Cuando el zapato nos queda bien, nos olvidamos del pie

Hay una frase que he escuchado muchas veces: "cuando el zapato nos queda bien, nos olvidamos del pie". Es una forma sencilla de decir algo que nos pasa todo el tiempo: cuando algo funciona, cuando llega la comodidad, dejamos de prestarle atención a lo que en realidad hace que todo funcione.

Nos pasa con la salud: mientras el cuerpo responde bien, no pensamos en él. Nos pasa con las relaciones: cuando todo fluye, dejamos de cuidar los detalles que las sostienen. Nos pasa con el trabajo, con la familia, con nosotros mismos. Nos acomodamos, y sin darnos cuenta, comenzamos a dar por sentado lo que antes nos costó tanto conseguir.

Y también ocurre lo contrario: cuando algo deja de funcionar, cuando "el zapato aprieta", culpamos a los demás, nos quejamos de la vida, y consideramos a otros responsables de que las cosas no salgan como esperamos. A veces nos damos por vencidos, y entonces andamos por la vida sin un plan, sin objetivos, y sin ningún tipo de recompensa.

Si miráramos la vida como un trabajo que merece nuestro mejor esfuerzo, entenderíamos que la recompensa no llega de quejarnos cuando algo no sale bien, sino de seguir haciendo las cosas con dedicación, incluso cuando ya nos sentimos cómodos. Cuando nos hacemos buenos en algo, los demás lo notan: algunos nos imitan, otros aprenden de nosotros. Y no hay mejor recompensa que sentirnos apreciados por el esfuerzo que sostenemos, no solo por el que mostramos al principio.

Pero ese esfuerzo no puede depender de que las cosas vayan bien. La vida no será mejor con nosotros hasta que nosotros no decidamos ser mejores con ella, incluso cuando el zapato ya nos quede perfecto.

El pie sigue ahí, sosteniéndonos, cargando con cada paso, aunque ya no lo sintamos. Así como el esfuerzo diario, el cuidado de los detalles, la gratitud constante, siguen siendo necesarios, aunque la vida ya nos resulte cómoda y fácil.

No nos conformemos con la vida que tenemos solo porque ya nos sentimos a gusto en ella. La vida ofrece una cantidad de oportunidades que está esperando a que nos atrevamos a tomarlas, incluso, y sobre todo, cuando todo parece estar funcionando bien.

Gracias, pie, por seguir ahí incluso cuando dejamos de notarlo

viernes, 18 de septiembre de 2009

Justicia del hombre, Justicia Divina

"Dime la verdad, que yo te invento la mentira." Esta frase es muy usada por los abogados cuando quieren defender a su cliente, a veces indefendible. Pero para eso están los abogados: para abogar por una causa, sin importar si es buena o mala, porque ese es su cliente.

Obviamente, no siempre podemos creer que hay que defender lo indefendible cuando sabemos que existe culpa. Si nos basamos en uno de los valores más importantes, la justicia, ahí esa frase no tiene mucho espacio; más bien resulta contradictoria. "Justos por pecadores", decimos cuando pagamos algo que no hicimos. "Cuando somos inocentes, no hay justicia", decimos cuando sentimos que la verdad no se reconoce. "Cuando no hay justicia, no hay justos", concluimos, cansados de ver que el sistema no siempre responde como debería.

Tal vez el problema es que dejamos la justicia únicamente en manos del hombre, y nos olvidamos de que existe algo que llamamos justicia divina, que para muchos es la mejor de todas las justicias.

A veces entramos en conflicto por situaciones donde nuestros seres queridos pueden verse afectados, directa o indirectamente. Hay situaciones que no merecen el desgaste emocional de recurrir a las leyes. Es probable que tengamos argumentos válidos y certeros para decidir cuándo algo requiere intervención legal y cuándo no, pero hay algo que se llama "precio", y es muy alto el costo emocional que ciertas situaciones pueden generar.

No siempre podemos, ni debemos, dejarlo todo en manos de la justicia divina. Hay delitos que, por su naturaleza, requieren penalización legal. Pero para aquello que sí podemos decidir nosotros mismos, sin tener que recurrir a las leyes, muchas veces es mejor dejárselo a Dios. ¿Qué mayor castigo puede recibir alguien que el que se impone a sí mismo? Y cuando hablo de justicia divina, me refiero a esa presencia que nos pone frente a cada situación donde debemos reconocer nuestros errores, asumir las consecuencias, y hacernos responsables de ellas.

Cada quien se castiga a sí mismo, tarde o temprano. Por eso creo que necesitamos estar conscientes de las acciones que generamos, y del daño que podemos causar en otras personas con nuestras actitudes. Solemos hacer mal uso de la razón, tendemos a ser violentos, agresivos, defensivos. Por eso es tan importante intentar ser justos antes de atacar a los demás.

Valoro profundamente a las personas irremediablemente justas, esas que no necesitan que nadie les invente una mentira para ayudarlas, cuando en realidad son culpables de algo. Cuando alguien reconoce su error y lo hace público, ahí está, en cierta forma, redimido, y esa es quizás la mejor manera en que la justicia divina puede abogar por él.

No seamos como los injustos que culpan a los demás para ganar indulgencia propia; eso es de lo peor a lo que puede llegar un ser humano. Aprendamos, en cambio, a ver la verdad en el corazón de las personas, a dejar la mentira a un lado, y a recordar siempre que arriba hay un Dios que ve hacia abajo. No olvidemos nunca que primero está la justicia divina, y después, la justicia del hombre.

martes, 15 de septiembre de 2009

Rescatando a la mujer

Somos mujeres. Algo hermoso, por ser creadas por Dios y porque fuimos creadas para ser compañera del hombre. Dios nos dió la bendición para poder procrear. La mujer es algo hermoso, que se debe cuidar, venimos de una hermosa madre que Dios creo con la naturaleza de que fuera madre, pero sobre todo ser MUJER.

Hemos estado en una sociedad donde hemos dejado gran parte de nuestro rol de ser mujer a un lado para atender asuntos que corresponden a los hombres. El mundo ha evolucionado y nosotras en él, nos hemos convertido en mujeres exitosas, emprendedoras, guerreras, madres, y se nos ha olvidado que también debemos dejar que los hombres hagan su rol.

Queremos hacer todo creyéndonos las SUPER MUJERES : hacemos lo nuestro, lo de ellos, el trabajo nuestro, el trabajo de ellos, decidimos sobre nuestros hijos, sobre la familia, decidimos a donde ir de vacaciones, decidimos hasta que hacer con el dinero de él porque nosotros lo “administramos” mejor que ellos.

Somos MUJERES, féminas. Rescatemos a esa mujer que tenemos dentro de nosotras, nos hemos convertido en HOMBRES, que queremos resolver todo y ponernos los "pantalones" nosotras cuando debemos ponernos nuestra "falda" y hacer nuestro rol.

Rescatemos nuestra dulzura, dejemos que ellos decidan y que sientan que están cumpliendo su rol. Nos quejamos de ellos cuando decimos que no hacen más por nosotras y para nosotras y somos nosotras las que no dejamos que ellos hagan, porque “nosotras lo hacemos mejor”.

No es solo vestirse como mujer, es sentirse mujer;
No es hacer lo que al hombre le corresponde sino apoyarlo a él en lo que le corresponde hacer
No es que tengamos la razón , es que ellos también tienen la razón
No es que yo hago las cosas a mi manera, es que también hay que esperar que ellos hagan las cosas a su manera.

Apoyo a los hombres que se esfuercen en hacer su rol, y que dejan que la mujer haga el suyo. Es bueno que de vez cuando nos hagan saber que NO tenemos la razón y no como dicen algunos hombres “a las mujeres hay que darles la razón”.

A los hombres les gusta “la mujer con pantalones” (asi dice una cación). Es posible que a algunas mujeres les resulte halagador que un hombre le diga que le encanta que resuelva sola y que no dependa de un hombre, pero es una posición cómoda para algunos ya que en esta época hay muchos hombres que prefieren cada vez hacer menos y buscarse mujeres que ya vengan completas, y ahí venimos nosotras a rescatarlos a ellos cuando somos nosotras las que queremos que nos rescaten.

Las mujeres debemos luchar por rescatar lo que somos, cuidemos de nosotras, dejemos que ellos también nos cuiden. No somos las madres de ellos, somos las mujeres para ellos, las compañeras para ellos y si queremos que realmente los hombres comiencen a hacer su rol, comencemos por dedicarnos a SER MUJER.