miércoles, 25 de noviembre de 2009

LO QUE PUEDO Y NO PUEDO CAMBIAR

Cuando queremos un cambio en nuestra vida, muchas veces queremos un vuelco de 180 grados. Tal vez quisiéramos cosas totalmente diferentes: un nuevo hijo, una nueva pareja, un nuevo trabajo, un nuevo carro, una nueva residencia, incluso un nuevo país. Si lográramos obtener todo lo que deseamos, diríamos que nuestro sueño se hizo realidad.

Pero, ¿qué sucede con todos esos cambios cuando muchos de nosotros no somos capaces de cambiar nuestras actitudes, ni para nosotros mismos ni para los demás? Es fácil hacer esto:

Cambiarnos todos los días de zapatos, y aun así no sentirnos cómodos.
Cambiarnos de trabajo, pero tal vez seguir haciendo lo mismo.
Cambiarnos de ropa, y tal vez sentirnos desnudos.

Hay cosas que definitivamente podemos cambiar a la vista de cualquiera. Lo que no podemos cambiar es nuestra esencia: lo que somos, lo que sentimos, lo que vivimos. Y por eso necesitamos sentirnos auténticos, más allá de cuántas cosas externas decidamos modificar.

Hay otras cosas que tampoco podemos cambiar:

No podemos cambiar el corazón, pero sí podemos llenarlo de más amor y de más vida.
No podemos cambiar de padres, porque ellos nos dieron la vida.
No podemos cambiar a nuestros hijos, porque son parte de nuestro ser y la razón de tantas cosas en nuestra vida.
No podemos cambiar de hermanos, porque con ellos crecimos.
No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos decidir qué hacer con lo que aprendimos de él.

Tal vez la verdadera transformación no esté en cambiarlo todo a nuestro alrededor, sino en aprender a relacionarnos en paz con aquello que no podemos cambiar. Lo mejor que podemos hacer es aceptar los cambios como vengan, vivir en paz y tranquilidad, sobre todo cuando algo está fuera de nuestras manos, y sentirnos felices con lo poco o con lo mucho que tengamos.

Al final, cambiar de lugar, de trabajo o de apariencia puede ser fácil. Lo difícil, y lo verdaderamente transformador, es cambiar la manera en que miramos lo que no podemos cambiar.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Tropezando con la misma piedra

Me he equivocado tantas veces en mi vida que ya no entiendo qué tiene de malo el dicho tan conocido: "tropecé de nuevo con la misma piedra". Si lo pensamos bien, ¿realmente aprenderíamos algo de la vida si no tropezáramos con tantas piedras como las que hemos tropezado a lo largo del camino?

El problema no es tropezar. El problema es tropezar y no darnos cuenta de que tropezamos. O, peor aún, tropezar, caer, y no levantarnos. No es malo tropezarnos; lo que sí sería imperdonable es evitar el camino por completo, por miedo a caer, por miedo a equivocarnos.

Pensemos en cuántas veces hemos repetido el mismo error en una relación, en un trabajo, en una decisión financiera, convencidos de que "esta vez sería diferente". Tal vez la pregunta no es por qué volvimos a tropezar, sino qué aprendimos cada vez que lo hicimos, y si finalmente nos detuvimos a mirar la piedra antes de seguir caminando.

La mejor escuela de la vida es precisamente esa: la que nos enseña a través del tropiezo. La que nos dice: "tropezaste, y está bien, porque ahora sabes que esa piedra existe. La próxima vez que tropieces, fíjate si ya sabes cómo levantarte." Es la prueba que la vida nos pone a cada uno, para que salgamos de ella más fuertes, más despiertos, más nosotros mismos.

No podemos permitirnos estar todo el tiempo evadiendo los problemas en lugar de enfrentarlos. Y si tropezando es como aprendemos, entonces bienvenidas todas las piedras en mi camino. Porque más que el tropiezo en sí, lo que define quiénes somos es lo que hacemos después de él: si nos quedamos en el suelo, o si aprendemos finalmente a caminar distinto.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Mis hijos, tus hijos, nuestros hijos

Veo a mis hijos. Veo a los hijos de mis amigas, de mis familiares, a los hijos de los demás. Los observo: cómo se comportan, cómo hablan, cómo dramatizan, cómo lloran. Y lo que más noto en ellos es que no tienen temores ni les importa si alguien los vio "moqueando" después de llorar hasta más no poder. No están pendientes de si tienen las manos o la ropa sucia, ni de si los están mirando o no. Simplemente son ellos mismos, sin filtros.

Los niños siempre quieren hacer algo. Si no están haciendo nada, te lo dicen. Y les encanta que los tratemos como grandes. Si nunca lo has hecho, prueba a comenzar a preguntarles: "¿Qué comida quieres hoy?", "¿A dónde te gustaría ir?", "¿Qué ropa te vas a poner?", "¿Cuál juguete te gusta más, y de qué color?". ¿Cuántos padres realmente les preguntan a sus hijos a dónde les gustaría ir de vacaciones?

Algunos deciden por ellos sin preguntarles nada, sin darles ninguna posibilidad de elección. Y es enorme la importancia de que los padres aprendamos a dejar elegir a nuestros hijos, que puedan decidir desde pequeños lo que les gusta o no. Eso los hace sentir parte activa de la familia, integrados en las decisiones, y poco a poco más responsables de lo que eligen.

A los niños les encanta sentirse útiles y productivos. Cuando no encuentran esa sensación, buscan llamar nuestra atención de otras formas: se frustran, insisten, no te dejan en paz, piden y piden cosas. No es manipulación; es su manera de decirnos que necesitan presencia, que necesitan ser vistos. Tal vez nosotros descuidamos esto sin darnos cuenta, pero ellos sí lo sienten, y lo expresan a su manera.

Tratemos a nuestros hijos con más confianza, dándoles espacio para decidir y para equivocarse. Son niños, pero también hay que prepararlos para la vida, para que crezcan siendo seguros, independientes, capaces de resolver incluso cuando un día no estemos presentes para hacerlo por ellos.

Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es amarlos. Y vale la pena detenernos un momento a pensar: qué vacío sería el mundo si no tuviéramos a nuestros hijos para querer.!

domingo, 27 de septiembre de 2009

Cuando el zapato nos queda bien, nos olvidamos del pie

Hay una frase que he escuchado muchas veces: "cuando el zapato nos queda bien, nos olvidamos del pie". Es una forma sencilla de decir algo que nos pasa todo el tiempo: cuando algo funciona, cuando llega la comodidad, dejamos de prestarle atención a lo que en realidad hace que todo funcione.

Nos pasa con la salud: mientras el cuerpo responde bien, no pensamos en él. Nos pasa con las relaciones: cuando todo fluye, dejamos de cuidar los detalles que las sostienen. Nos pasa con el trabajo, con la familia, con nosotros mismos. Nos acomodamos, y sin darnos cuenta, comenzamos a dar por sentado lo que antes nos costó tanto conseguir.

Y también ocurre lo contrario: cuando algo deja de funcionar, cuando "el zapato aprieta", culpamos a los demás, nos quejamos de la vida, y consideramos a otros responsables de que las cosas no salgan como esperamos. A veces nos damos por vencidos, y entonces andamos por la vida sin un plan, sin objetivos, y sin ningún tipo de recompensa.

Si miráramos la vida como un trabajo que merece nuestro mejor esfuerzo, entenderíamos que la recompensa no llega de quejarnos cuando algo no sale bien, sino de seguir haciendo las cosas con dedicación, incluso cuando ya nos sentimos cómodos. Cuando nos hacemos buenos en algo, los demás lo notan: algunos nos imitan, otros aprenden de nosotros. Y no hay mejor recompensa que sentirnos apreciados por el esfuerzo que sostenemos, no solo por el que mostramos al principio.

Pero ese esfuerzo no puede depender de que las cosas vayan bien. La vida no será mejor con nosotros hasta que nosotros no decidamos ser mejores con ella, incluso cuando el zapato ya nos quede perfecto.

El pie sigue ahí, sosteniéndonos, cargando con cada paso, aunque ya no lo sintamos. Así como el esfuerzo diario, el cuidado de los detalles, la gratitud constante, siguen siendo necesarios, aunque la vida ya nos resulte cómoda y fácil.

No nos conformemos con la vida que tenemos solo porque ya nos sentimos a gusto en ella. La vida ofrece una cantidad de oportunidades que está esperando a que nos atrevamos a tomarlas, incluso, y sobre todo, cuando todo parece estar funcionando bien.

Gracias, pie, por seguir ahí incluso cuando dejamos de notarlo

viernes, 18 de septiembre de 2009

Justicia del hombre, Justicia Divina

"Dime la verdad, que yo te invento la mentira." Esta frase es muy usada por los abogados cuando quieren defender a su cliente, a veces indefendible. Pero para eso están los abogados: para abogar por una causa, sin importar si es buena o mala, porque ese es su cliente.

Obviamente, no siempre podemos creer que hay que defender lo indefendible cuando sabemos que existe culpa. Si nos basamos en uno de los valores más importantes, la justicia, ahí esa frase no tiene mucho espacio; más bien resulta contradictoria. "Justos por pecadores", decimos cuando pagamos algo que no hicimos. "Cuando somos inocentes, no hay justicia", decimos cuando sentimos que la verdad no se reconoce. "Cuando no hay justicia, no hay justos", concluimos, cansados de ver que el sistema no siempre responde como debería.

Tal vez el problema es que dejamos la justicia únicamente en manos del hombre, y nos olvidamos de que existe algo que llamamos justicia divina, que para muchos es la mejor de todas las justicias.

A veces entramos en conflicto por situaciones donde nuestros seres queridos pueden verse afectados, directa o indirectamente. Hay situaciones que no merecen el desgaste emocional de recurrir a las leyes. Es probable que tengamos argumentos válidos y certeros para decidir cuándo algo requiere intervención legal y cuándo no, pero hay algo que se llama "precio", y es muy alto el costo emocional que ciertas situaciones pueden generar.

No siempre podemos, ni debemos, dejarlo todo en manos de la justicia divina. Hay delitos que, por su naturaleza, requieren penalización legal. Pero para aquello que sí podemos decidir nosotros mismos, sin tener que recurrir a las leyes, muchas veces es mejor dejárselo a Dios. ¿Qué mayor castigo puede recibir alguien que el que se impone a sí mismo? Y cuando hablo de justicia divina, me refiero a esa presencia que nos pone frente a cada situación donde debemos reconocer nuestros errores, asumir las consecuencias, y hacernos responsables de ellas.

Cada quien se castiga a sí mismo, tarde o temprano. Por eso creo que necesitamos estar conscientes de las acciones que generamos, y del daño que podemos causar en otras personas con nuestras actitudes. Solemos hacer mal uso de la razón, tendemos a ser violentos, agresivos, defensivos. Por eso es tan importante intentar ser justos antes de atacar a los demás.

Valoro profundamente a las personas irremediablemente justas, esas que no necesitan que nadie les invente una mentira para ayudarlas, cuando en realidad son culpables de algo. Cuando alguien reconoce su error y lo hace público, ahí está, en cierta forma, redimido, y esa es quizás la mejor manera en que la justicia divina puede abogar por él.

No seamos como los injustos que culpan a los demás para ganar indulgencia propia; eso es de lo peor a lo que puede llegar un ser humano. Aprendamos, en cambio, a ver la verdad en el corazón de las personas, a dejar la mentira a un lado, y a recordar siempre que arriba hay un Dios que ve hacia abajo. No olvidemos nunca que primero está la justicia divina, y después, la justicia del hombre.

martes, 15 de septiembre de 2009

Rescatando a la mujer

Somos mujeres. Algo hermoso, por ser creadas por Dios y porque fuimos creadas para ser compañera del hombre. Dios nos dió la bendición para poder procrear. La mujer es algo hermoso, que se debe cuidar, venimos de una hermosa madre que Dios creo con la naturaleza de que fuera madre, pero sobre todo ser MUJER.

Hemos estado en una sociedad donde hemos dejado gran parte de nuestro rol de ser mujer a un lado para atender asuntos que corresponden a los hombres. El mundo ha evolucionado y nosotras en él, nos hemos convertido en mujeres exitosas, emprendedoras, guerreras, madres, y se nos ha olvidado que también debemos dejar que los hombres hagan su rol.

Queremos hacer todo creyéndonos las SUPER MUJERES : hacemos lo nuestro, lo de ellos, el trabajo nuestro, el trabajo de ellos, decidimos sobre nuestros hijos, sobre la familia, decidimos a donde ir de vacaciones, decidimos hasta que hacer con el dinero de él porque nosotros lo “administramos” mejor que ellos.

Somos MUJERES, féminas. Rescatemos a esa mujer que tenemos dentro de nosotras, nos hemos convertido en HOMBRES, que queremos resolver todo y ponernos los "pantalones" nosotras cuando debemos ponernos nuestra "falda" y hacer nuestro rol.

Rescatemos nuestra dulzura, dejemos que ellos decidan y que sientan que están cumpliendo su rol. Nos quejamos de ellos cuando decimos que no hacen más por nosotras y para nosotras y somos nosotras las que no dejamos que ellos hagan, porque “nosotras lo hacemos mejor”.

No es solo vestirse como mujer, es sentirse mujer;
No es hacer lo que al hombre le corresponde sino apoyarlo a él en lo que le corresponde hacer
No es que tengamos la razón , es que ellos también tienen la razón
No es que yo hago las cosas a mi manera, es que también hay que esperar que ellos hagan las cosas a su manera.

Apoyo a los hombres que se esfuercen en hacer su rol, y que dejan que la mujer haga el suyo. Es bueno que de vez cuando nos hagan saber que NO tenemos la razón y no como dicen algunos hombres “a las mujeres hay que darles la razón”.

A los hombres les gusta “la mujer con pantalones” (asi dice una cación). Es posible que a algunas mujeres les resulte halagador que un hombre le diga que le encanta que resuelva sola y que no dependa de un hombre, pero es una posición cómoda para algunos ya que en esta época hay muchos hombres que prefieren cada vez hacer menos y buscarse mujeres que ya vengan completas, y ahí venimos nosotras a rescatarlos a ellos cuando somos nosotras las que queremos que nos rescaten.

Las mujeres debemos luchar por rescatar lo que somos, cuidemos de nosotras, dejemos que ellos también nos cuiden. No somos las madres de ellos, somos las mujeres para ellos, las compañeras para ellos y si queremos que realmente los hombres comiencen a hacer su rol, comencemos por dedicarnos a SER MUJER.

lunes, 27 de julio de 2009

Habilidad y Confianza

Todos poseemos ciertas habilidades para muchas cosas. Algunas personas tienen habilidades para crear con sus manos, otras para aconsejar, otras para negociar, otras para ensenar a otros; en fin, todos estamos provistos de muchas habilidades, y en algunos casos muchos sabemos que las tenemos pero no la usamos, y si la usamos no lo hacemos en nuestro beneficio. No es solo tener habilidades, sino tener la confianza para lograr todo aquello que sabemos, somos capaces de hacer.

Cuantas personas saben que pueden hacer algo maravilloso porque tienen ese “don” especial y no lo usan porque no confían en sus propias capacidades?

Muchos de nosotros tenemos intenciones, pero la intención, es la posibilidad a un fracaso. Si creemos que en la vida son mas certeras las intenciones que las acciones, nos quedaremos como muchas personas que toda su vida tuvieron la “intención de”, pero que no hicieron. Hagamos lo que tengamos que hacer.

La mejor manera de llegar a donde queremos no es con la intención es con la ACCION.