Solemos dividir el mundo en blanco y negro, como si todo en la vida tuviera que caber en uno de esos dos extremos. Pero entre ambos existe un color que muchas veces nos negamos a aceptar: el gris.
Existen tantos colores, y una gama tan extensa para escoger, pero hay tres con los que nos manejamos constantemente en nuestra vida, y que es importante saber manejar: el blanco, el negro y el gris.
Yo escribí, en una de mis tantas reflexiones, que no creía en los grises, que las cosas son tal como son, y que no creía en las medias tintas. Era una forma cómoda de ver el mundo: todo correcto o incorrecto, todo a favor o en contra, sin espacio para lo intermedio. Esa manera de pensar da una sensación de seguridad, porque no exige matizar nada; uno simplemente decide de qué lado está, y ya.
Hoy comprendo que el gris existe para hacernos ver que no siempre tenemos la razón en todo, y que no siempre tenemos que sentir esa necesidad imperiosa de controlar la vida, mucho menos cuando otras personas no están de acuerdo con algunas cosas sobre las que tenemos una opinión particular.
Pensemos, por ejemplo, en una discusión familiar donde cada parte está convencida de tener toda la razón. O en una decisión laboral donde alguien defiende "lo correcto" sin considerar las circunstancias del otro. O incluso en esos momentos en que juzgamos a alguien sin conocer del todo su historia, su contexto, lo que lo llevó a actuar como actuó. En todos estos casos, el blanco y negro nos dan la ilusión de claridad, pero casi siempre nos alejan de la comprensión real de lo que está pasando.
Podría decir que estuve reflexionando sobre mi propia reflexión, y concluí que estaba equivocada. Que muchas veces solo basta un estado emocional del momento, una herida reciente, o un orgullo herido, para decidir en qué extremo queremos estar, sin detenernos a pensar si ese extremo es real o solo una reacción pasajera que con el tiempo se desvanece.
Descubrí, además, que la mejor manera de ver el "gris" es olvidarnos un poco de nosotros mismos y ponernos en el lugar del otro. Es parte de nuestro proceso de crecimiento y evolución personal aceptar que podemos equivocarnos, y también reconocer que a veces tenemos que cambiar nuestras actitudes para estar en paz con el mundo. No se trata de no tener convicciones, sino de sostenerlas con la humildad suficiente para revisarlas cuando haga falta.
Solo buscando el punto medio entre los extremos podemos conseguir nuestro equilibrio, nuestra serenidad, y demostrarnos que sí podemos entendernos. Para lograrlo, solo se requiere reconocer que hay situaciones con las que debemos reconciliarnos, en lugar de insistir en ganarlas. Reconciliarse no siempre significa estar de acuerdo; muchas veces significa simplemente soltar la necesidad de tener la última palabra.
Quizás la madurez no esté en defender un extremo con firmeza, sino en aceptar que, entre el blanco y el negro, también existe el gris, y que ahí, en ese espacio intermedio, es donde casi siempre se encuentra la paz.