sábado, 12 de junio de 2010

Razones por la que quiero un perro

Me encantan los perros, y a mis hijos tambien, sin embargo, no me habia decidio a comprarlo por muchas razones y es que se requiere tiempo y dedicacion para tambien atenderlos a ellos. Parto de un principio basico y es que si tenemos como proveer a una mascota y ademas cuidarla, darle cariño y compañia, es el momento para tener una mascota.

En estos dias yo conversaba con unos amigos lo importante que es la familia y prestar atencion a la compañia y el recibimiento, y somos nosotros los responsables de que muchas veces nuestros hijos, esposos, compañeros, familia estemos unidos y permanezcamos unidos. El recibimiento es para mi lo mas grato cuando llegas a cualquier lado y sientes que le importas a alguien, y que se contenta de verte.

Muchos estan tan distraidos en sus propios asuntos, que ya no te reciben, ya no te ven, y no es un caso particular, sino comun el que nos ocurre a todos los padres, cuando hay computadoras, video juegos, celular, el cable, que los distraen, al punto de no prestar atencion a la persona que esta a su alrededor. No ocurre asi con un perro, y es por eso que ahora evaluando eso, tal vez decida comprar un perro y estas son mis razones:

Quiero un perro porque el me recibe y mueve cola, no importa si yo estoy de humor o no, al perro no le importa mi humor, el se le alegra es de mi regreso.

También quiero un perro porque aunque ladre para verme se que es por la emoción y no porque me esta reclamando.

También quiero un perro porque cuando me despierte el perro estará cerca de mi cama y no abriendo las persianas para que me levante.

También quiero un perro porque cuando el tenga hambre solo le sirvo su plato preferido y listo!!! No tengo que pensar mucho que hare de desayuno.

También quiero un perro porque se que si salgo a caminar va a estar al lado mio o detrás de mi acompañándome y cuidándome, y que se no va a salir corriendo a regresarse porque esta muy cansado y aburrido.

Tambien quiero un perro porque si quiere correr en el parque yo no tengo que estar detrás de el para que no se pierda.

Tambien quiero un perro porque aunque se este comiendo su HUESO, cuando me sienta llegar a casa lo dejara a un lado y correra a recibirme, saludarme e irse de nuevo a lo suyo.

Tambien quiero un perro porque cuando presienta que algo no esta bien, el vera como alertarme para cuidarme.

Tambien quiero un perro para jugar con el, porque se que no me hara trampas en el juego.

Tambien quiero un perro porque asi puede reconocer que persona es grata o no,porque los perros no se equivocan cuando no les gusta alguien.



Como el aguila!! Sin pico, sin uñas, sin alas!!!

Hace tiempo lei que las aguilas pueden durar casi 80 años y justo cuando tienen 40 años deben tomar una decision ya que sus uñas se hacen debiles para poder agarrar a sus presas y sus alas estan envejecidas y se hacen pesadas para poder volar, por lo que deben decidir entre morirse o buscar su proceso de renovacion durante un tiempo, es cuando deciden irse una montaña y quedarse ahi todo el tiempo necesario para vivir su proceso de renovacion, y deciden arrancarse el pico pegandolo contra la pared para que le nazca un nuevo pico y poder asi arrancarse una a una las uñas para que tambien le crezcan nuevas uñas y poder asi arrancarse las plumas y tener un nuevo plumaje. Terminado ese proceso deciden ahora regresar con nuevas alas, nuevo pico y nuevas uñas y totalmente renovadas a vivir otros años mas!!!

Esta nueva aguila volvio a ser el aguila fuerte, y asi como las aguilas podriamos ser los seres humanos, necesitamos renovarnos, tener nuevas alas, querer ser mas fuertes, necesitamos tomar la decision de poner entusiasmo en cada uno de los proyectos que tengamos en nuestra mente, hacer de nuestra vida algo mas divertido, mas sano y con mas sabor. Es desprendernos HOY de lo que no sirve para nuestra vida, aunque haya funcionado ANTES, porque antes no es igual a hoy, y hoy sentimos lo que no sentiremos en el futuro... no esperemos a arrancarnos el pico, las uñas, las alas y estando renovados quedarnos estacionados.

Ahora comprendo a muchas mujeres que dedicaron tanto tiempo para otros y que decidieron tomar una posicion "rebelde" pero sana, cuando dicen, AHORA VOY A DEDICAR UN TIEMPITO PARA MI, es bueno ya dejar de hacer por los demas, cada uno debe vivir su propio proceso de transformacion cuando le llegue su momento.

Estoy volviendo a nacer, ahora es que queda aguila para rato......, A VOLAR PUES!!!!

lunes, 26 de abril de 2010

Quien sirve a quien?

A mí me encanta sentirme atendida y servida. ¿A quién no? A todos nos gusta que nos atiendan, que nos den respuestas cuando preguntamos, que nos orienten cuando pedimos orientación.

Cuando usamos la palabra SERVIR en el buen sentido, hablamos de poder ofrecer un servicio que satisfaga la necesidad de un cliente o usuario respecto a algún producto que le interese. Quiero, a través de esta anécdota, expresar lo que para mí representa tener cultura de servicio. Si la comparto es porque sé que algunos habrán vivido situaciones parecidas.

Días pasados fui a un banco y le pregunté al ejecutivo de atención al cliente sobre un servicio. Su respuesta fue: "No tengo información", y acto seguido se volteó y siguió su trabajo. Ante esa actitud no me quedó más que preguntar: "Disculpe, ¿dónde es Atención al Cliente?". "Es acá", respondió. "¿Y quién me puede dar información?", insistí. "Mi compañero, que no ha llegado."

Me quedé en el aire... sin embargo, me senté a esperar. NO al compañero, sino a pensar en las palabras adecuadas para hacer un reclamo ante tanta displicencia.

Como clienta, consideré necesario expresarle mi insatisfacción. Me acerqué y me senté frente a él: "Buenos días. Una pregunta: cuando un cliente tiene una queja sobre un servicio prestado por el banco, ¿a quién se dirige?". Él respondió: "A Atención al Cliente". "Entonces, ¿puedo quejarme con usted?", le pregunté. "Sí, claro." "Bueno... ¡tengo una queja de usted!"

"Yo soy clienta de este banco, y como clienta, cuando tengo una duda y pregunto a Atención al Cliente, es porque espero como respuesta algo que aclare esa duda, y me gustaría sentirme atendida. Sé que tal vez usted no maneje la información que pregunté, pero tal vez habría sido mejor escuchar, por ejemplo: 'Buenos días, señora, lamentablemente no manejo esa información. Mi compañero, que sí la maneja, no llega temprano, así que si gusta tomar asiento y esperarlo, con mucho gusto.'" Y le sonreí para suavizar el reclamo. Él, apenado, me dijo que tenía razón y que lo disculpara.

Simplemente acepté sus disculpas. Sin embargo, esa fue mi primera impresión, y con esa impresión me quedé. Con esa simple respuesta, tal vez no me habría ido con la información, pero sí con la sensación de haberme sentido atendida, al menos en el trato. Quizás en otro momento me habría dirigido al gerente de la agencia a quejarme del servicio; sin embargo, preferí hacerle ver a esta persona, yo misma, la función que tiene como prestador de servicio.

Quiero destacar con esta anécdota lo importante que es que todos tengamos cultura de servicio, y que la mejor manera de practicarla es instruyendo a cada miembro de nuestro hogar a servirse entre ellos mismos. Si somos capaces de servir en nuestra propia casa, seremos capaces de servir al prójimo, y ayudaremos —con un poco de nosotros— a ser mejores ciudadanos y a servir mejor a nuestro país.

viernes, 23 de abril de 2010

Donde estan mis amigos?

No es matar el tiempo, es matar el ocio

Hay una frase que repetimos sin pensar demasiado: "estoy matando el tiempo". Pero si lo analizamos bien, no es el tiempo lo que matamos, es el ocio.

Nos ponemos a hacer tantas cosas improductivas en un tiempo que pudiéramos usar para generar algo productivo en nuestras vidas. Decimos: "estoy matando el tiempo haciendo cualquier cosa", y resulta que esa "cualquier cosa" es nada para el tiempo que en realidad estamos perdiendo.

Al tiempo no se le puede tratar como ocio. El ocio es hacer cosas improductivas; te vuelves ocioso cuando no sacas provecho del tiempo. Visto así, nos decimos mentiras cuando afirmamos que estamos matando el tiempo, cuando lo que verdaderamente estamos matando es el ocio.

El tiempo hay que aprovecharlo, no matarlo. El tiempo se va y no vuelve. El ocio, por el contrario, viene, se va y regresa. Tal vez parezca un juego de palabras, porque muchos dirán que hacen con su tiempo lo que quieren, y eso es cierto. Sin embargo, luego de hacer lo que queremos con nuestro tiempo, nos damos cuenta de que no hicimos nada por aprovecharlo en algo productivo.

Algo productivo pudiera ser, por ejemplo: pensar más en nuestra vida, pensar más en nuestros seres queridos, hacer más por ellos, hacer más por nosotros mismos, dedicar el esfuerzo a construir una mejor versión propia para obtener nuevos resultados. Es momento de pensar con cordura, con inteligencia, y dejar el ocio para ese último espacio que nos sobre, porque de alguna manera hay que dedicarle un tiempito también, pero bien cortito, porque si no, se vuelve un hábito en la vida.

Al final, la diferencia está en una sola decisión: usar el tiempo o dejar que se nos escape sin darnos cuenta.

miércoles, 21 de abril de 2010

Pareja o Compañero?

Muchas veces decimos que queremos una pareja, sin preguntarnos realmente para qué la queremos. Porque cuando uno está solo, "sin compañía", no necesariamente necesita una pareja para sentirse acompañado. En todo caso, lo que se necesita es un compañero de vida.

Solemos decir frases como: "Tengo mi pareja", "Llevo tiempo con mi pareja", "Tengo muchos problemas con mi pareja", "No tengo pareja", "Somos una pareja dispareja", "No parecemos pareja"... De seguro muchos se sienten identificados con alguna de estas frases. Y es que no necesariamente las parejas son compañía, no necesariamente se entienden en todo, no necesariamente tu pareja es tu amigo o amiga.

¿Qué tal si en vez de decir "pareja" decimos "compañero"? Pocas veces escuchamos: "Tengo mi compañero", "Mi compañero es buena compañía", "Mi compañero me entiende y me apoya", "Mi compañero es mi amigo", "Mi compañero me respeta", "Mi compañero me ama". Y entonces uno se da cuenta de que tal vez el hecho de saber que tienes un compañero, en todo el sentido de la palabra, le da poder a la actitud que esa palabra representa.

Un compañero es justamente para eso: para sentirnos acompañados y estar acompañados. Quizás sería mejor decir "quiero un compañero de vida", en lugar de "quiero una pareja", porque pareja la tiene cualquiera... pero un compañero, muy pocas personas.

La mejor compañía es la del compañero que te acompaña en el crecimiento y en el logro de tus objetivos; el que te apoya sin que se lo pidas; el que te escucha sin cuestionarte; el que te ve no solo como su pareja, sino como su amigo o amiga.

Tal vez cambiando "pareja" por "compañero" conseguiríamos lo que en el fondo buscamos: no solo alguien a nuestro lado, sino alguien que de verdad camine con nosotros.


martes, 30 de marzo de 2010

Como vaya viniendo vamos viendo

Como vaya viniendo, vamos viendo" es una frase popular, muy conocida hoy en día, y que repetimos casi sin pensar, como si fuera una filosofía de vida válida para todo. Pudiera funcionar para algunas cosas puntuales y pasajeras, pero quizás no sea suficiente para sostener toda nuestra existencia. A veces, sin darnos cuenta, terminamos viviendo el día a día sin orden, sin rumbo y sin planificación.

Ciertamente hay que aceptar las cosas en nuestra vida, y más aún cuando no las hemos planeado. La vida está llena de imprevistos: una enfermedad, una pérdida, un cambio repentino de circunstancias. Nadie planea eso, y está bien aceptarlo cuando llega. Pero hay una diferencia entre aceptar lo inesperado y dejar que lo inesperado sea quien decida todo por nosotros.

Quizás sea mejor vivir planeando, y en el camino, rogando a Dios para que todo salga bien. Planear no significa controlarlo todo ni eliminar la incertidumbre; significa tomar las riendas de lo que sí está en nuestras manos, y dejar en manos de Dios o de la vida lo que no lo está.

Hay dichos populares que a veces no comparto del todo, y este es uno de ellos. Algunos dichos son ciertos y útiles; otros tal vez aplicaron en su momento para alguien en particular, en una circunstancia específica, y eso los hizo populares. Pero que una frase se repita mucho no significa que deba aplicarse en todo momento de la vida.

A veces "como vaya viniendo, vamos viendo" se convierte, sin que lo notemos, en una manera cómoda de no decidir, de dejar que las cosas simplemente pasen. Y es comprensible: decidir da miedo, planear implica comprometerse con algo, y a veces es más fácil dejar que la vida resuelva por nosotros. No se trata de juzgar a quien vive así, sino de invitar a preguntarnos si esa forma de vivir nos está llevando a donde realmente queremos llegar.

Pensemos, por ejemplo, en quien sueña con estabilidad pero nunca encuentra el momento de empezar a construirla. O en quien quiere una relación sólida pero da por hecho que "el tiempo lo arregla todo". O en quien tiene un proyecto en mente pero sigue esperando "el momento perfecto" para comenzar. No es que estén equivocados ni que merezcan ser juzgados; simplemente, tal vez, no se han dado la oportunidad de planear lo que tanto desean.

Procuremos que lo que venga, venga porque lo trabajamos, porque lo construimos con intención, sin dejar de aceptar con paz lo que llega sin que lo hayamos planeado. Decidir nuestra vida no nos hace inmunes a lo inesperado, pero sí nos da la oportunidad de construir, poco a poco, la vida que queremos vivir.

Nos quedamos sin nada

Hay un miedo silencioso que muchos cargamos sin nombrarlo: el miedo a quedarnos sin nada. Y, sin darnos cuenta, ese miedo termina logrando justamente eso.

Nos quedamos sin nada cuando no perseguimos nuestros sueños.

Nos quedamos sin nada cuando vemos una oportunidad, pero preferimos ignorarla por miedo a lo que podamos encontrar.

Nos quedamos sin nada cuando, pasado el tiempo, nos decimos: "Yo lo hubiera hecho, pero no lo hice porque no podía", y seguimos sin hacerlo, repitiéndonos la misma excusa una y otra vez.

Nos quedamos sin nada cuando creemos que lo tenemos todo, y en realidad no tenemos nada que de verdad nos sostenga.

Nos quedamos sin nada porque nos concentramos en lo que no tenemos, y descuidamos lo que sí tenemos, lo que está justo frente a nosotros esperando ser valorado.

Nos quedamos sin nada cuando dejamos que el miedo decida por nosotros, y le llamamos "prudencia" a lo que en realidad es resignación.

La vida no nos da nada si nosotros no damos nada. La vida no hace nada si nosotros no hacemos nada. No nos vamos a quedar sin nada, porque todo lo que existe también es para nosotros: lo bueno y lo malo, lo fácil y lo difícil. Cada uno elige la vida que desea, incluso la no elección también es una decisión.

La vida se detiene, a veces, justo en el momento en que nos encontramos ante una situación desesperada, como para hacernos ver que tenemos un camino que elegir, y que es nuestra responsabilidad hacer algo para poder tener lo suficiente: tranquilidad, paz, y todo aquello que sea necesario para nuestra vida.

No hace mucho escuché que no todo lo que tenemos es lo que necesitamos. Así que, si en este momento lo que tenemos no es lo que necesitamos, busquemos lo que nos haga felices. No hay nada de malo en reconocer que algo no nos llena, y que merecemos buscar lo que sí lo hace.

Nunca nos digamos que no tenemos nada cuando ni siquiera hacemos el esfuerzo por lograr lo que queremos hoy. Mañana es otro día, y siendo así, lo mejor que podemos hacer es todo lo necesario para perseguir nuestros sueños, sin esperar a que las condiciones sean perfectas, porque tal vez nunca lo serán.

Al final, no nos vamos a quedar sin nada por lo que la vida no nos dio, sino por lo que nosotros no nos atrevimos a buscar. Y eso, todavía, está en nuestras manos.

lunes, 22 de febrero de 2010

El Aguila Encadenada

Existe una historia verídica de un hombre que era dueño de un águila y la tuvo encadenada a una estaca durante muchos años. Con el paso del tiempo, el águila había abierto un surco en la tierra de tanto dar vueltas alrededor de la estaca.

Ya se estaba haciendo vieja, y el amo se compadeció y pensó: "Como no le falta mucho de vida, voy a ponerla en libertad". Quitándole la anilla de la pata, la tomó en la mano y la lanzó al aire.

¿Y qué crees que sucedió? La vieja águila se había olvidado casi por completo de cómo volar. Dando unos cuantos aletazos, bajó nuevamente al suelo, se acercó al surco, y se puso a dar vueltas sobre él, siguiendo la rutina que había tenido durante años. Ya no estaba sujeta con ninguna cadena ni argolla. Lo hacía simplemente por la fuerza de la costumbre.

Se ha dicho que las cadenas de las malas costumbres son tan débiles que no se sienten, hasta que se vuelven tan fuertes que ya no se pueden romper. Y que los hábitos son como sogas: cada día se teje un hilo más, hasta que al final son irrompibles. Ambas cosas son ciertas.

Lo que más impacta de esta historia no es la crueldad de la cadena, sino lo que pasó después de quitarla. El águila ya era libre, y aun así, eligió la rutina. Nadie la obligaba a girar sobre ese surco; lo hacía porque no conocía otra forma de estar en el mundo.

Pienso que el ser humano también es, muchas veces, un ser de costumbre. Cuando hacemos todo el tiempo lo mismo, cuando seguimos siendo lo mismo sin buscar una mejora en nuestra vida o en nuestra situación, terminamos acostumbrándonos a vivir como cualquier otro día, aunque ya nadie nos esté encadenando a nada. La cadena, en algún punto, deja de estar afuera y empieza a estar adentro.

Tal vez la pregunta no es si tenemos cadenas, sino si seguimos dando vueltas alrededor de un surco que ya no nos sujeta. Quizás lo que necesitamos no es más libertad, sino el coraje de usar la que ya tenemos. Vivamos con más amor y menos costumbre, porque el amor empuja a volar, y la costumbre, sin darnos cuenta, nos mantiene en tierra.

sábado, 16 de enero de 2010

Tambièn existe el gris

Solemos dividir el mundo en blanco y negro, como si todo en la vida tuviera que caber en uno de esos dos extremos. Pero entre ambos existe un color que muchas veces nos negamos a aceptar: el gris.

Existen tantos colores, y una gama tan extensa para escoger, pero hay tres con los que nos manejamos constantemente en nuestra vida, y que es importante saber manejar: el blanco, el negro y el gris.

Yo escribí, en una de mis tantas reflexiones, que no creía en los grises, que las cosas son tal como son, y que no creía en las medias tintas. Era una forma cómoda de ver el mundo: todo correcto o incorrecto, todo a favor o en contra, sin espacio para lo intermedio. Esa manera de pensar da una sensación de seguridad, porque no exige matizar nada; uno simplemente decide de qué lado está, y ya.

Hoy comprendo que el gris existe para hacernos ver que no siempre tenemos la razón en todo, y que no siempre tenemos que sentir esa necesidad imperiosa de controlar la vida, mucho menos cuando otras personas no están de acuerdo con algunas cosas sobre las que tenemos una opinión particular.

Pensemos, por ejemplo, en una discusión familiar donde cada parte está convencida de tener toda la razón. O en una decisión laboral donde alguien defiende "lo correcto" sin considerar las circunstancias del otro. O incluso en esos momentos en que juzgamos a alguien sin conocer del todo su historia, su contexto, lo que lo llevó a actuar como actuó. En todos estos casos, el blanco y negro nos dan la ilusión de claridad, pero casi siempre nos alejan de la comprensión real de lo que está pasando.

Podría decir que estuve reflexionando sobre mi propia reflexión, y concluí que estaba equivocada. Que muchas veces solo basta un estado emocional del momento, una herida reciente, o un orgullo herido, para decidir en qué extremo queremos estar, sin detenernos a pensar si ese extremo es real o solo una reacción pasajera que con el tiempo se desvanece.

Descubrí, además, que la mejor manera de ver el "gris" es olvidarnos un poco de nosotros mismos y ponernos en el lugar del otro. Es parte de nuestro proceso de crecimiento y evolución personal aceptar que podemos equivocarnos, y también reconocer que a veces tenemos que cambiar nuestras actitudes para estar en paz con el mundo. No se trata de no tener convicciones, sino de sostenerlas con la humildad suficiente para revisarlas cuando haga falta.

Solo buscando el punto medio entre los extremos podemos conseguir nuestro equilibrio, nuestra serenidad, y demostrarnos que sí podemos entendernos. Para lograrlo, solo se requiere reconocer que hay situaciones con las que debemos reconciliarnos, en lugar de insistir en ganarlas. Reconciliarse no siempre significa estar de acuerdo; muchas veces significa simplemente soltar la necesidad de tener la última palabra.

Quizás la madurez no esté en defender un extremo con firmeza, sino en aceptar que, entre el blanco y el negro, también existe el gris, y que ahí, en ese espacio intermedio, es donde casi siempre se encuentra la paz.