Hay una frase de Bill Cosby que dice: "Si sabes lo que quieres, lo reconocerás cuando lo veas". Es una frase sencilla, pero encierra algo que muchos pasamos por alto: no se puede reconocer lo que se busca si nunca se ha definido con claridad qué es lo que realmente se quiere.
Esto se hace muy evidente en las relaciones de pareja. Cuando nos convencemos de que no podemos encontrar a la persona adecuada, muchas veces terminamos intentando convertir a la pareja que tenemos en la que en realidad queremos. Hay dos maneras comunes de hacer esto: la primera es decirnos a nosotros mismos que esa persona es diferente de quien realmente es, ignorando lo que tenemos frente a nosotros. La segunda es intentar "arreglarla", cambiarla poco a poco hasta que se convierta en lo que esperamos. Ninguna de las dos maneras funciona.
Cuando no somos honestos con nosotros mismos acerca de quién es realmente nuestra pareja, acabamos desilusionados o decepcionados. Y no es culpa de ellos, es nuestra. Nosotros elegimos no ver, o elegimos esperar un cambio que nunca pedimos con claridad.
Debemos estar claros acerca de lo que queremos de una relación, y teniéndolo claro, esperar exactamente por eso. No tener claridad nos lleva a conformarnos con "lo que sea" o "lo que venga", como si cualquier cosa pudiera llenar un espacio que en realidad necesita algo específico.
Si quien tenemos a nuestro lado no es lo que buscamos, lo más sano es decirlo, con honestidad y respeto. No es nuestra tarea cambiar al otro, así como tampoco es tarea del otro convertirse en quien nosotros imaginamos. Cuando algo no nos queda bien, lo más honesto no es forzarlo hasta que duela, sino reconocer que simplemente no es para nosotros, y que está bien soltarlo.
No se trata de no querer a quien tenemos al lado; se trata de tener la honestidad de preguntarnos si esa relación responde a lo que realmente buscamos, o si seguimos ahí por costumbre, por miedo a estar solos, o por la esperanza de que algún día cambie.
No esperemos cambios en nadie, y menos cuando nosotros mismos no somos capaces de cambiar. La claridad no es solo sobre el otro: también es sobre nosotros. Saber lo que queremos implica, primero, saber quiénes somos, qué necesitamos, y qué estamos dispuestos a dar a cambio.
Hay que saber lo que queremos para merecer lo que nos venga. De otro modo, todo lo que llegue será "bienvenido", simplemente porque no sabemos distinguir lo que queremos de lo que no queremos. Y solo estaremos verdaderamente claros sobre lo que buscamos en el otro, cuando primero estemos claros sobre quiénes somos nosotros mismos.
