"Dime la verdad, que yo te invento la mentira." Esta frase es muy usada por los abogados cuando quieren defender a su cliente, a veces indefendible. Pero para eso están los abogados: para abogar por una causa, sin importar si es buena o mala, porque ese es su cliente.
Obviamente, no siempre podemos creer que hay que defender lo indefendible cuando sabemos que existe culpa. Si nos basamos en uno de los valores más importantes, la justicia, ahí esa frase no tiene mucho espacio; más bien resulta contradictoria. "Justos por pecadores", decimos cuando pagamos algo que no hicimos. "Cuando somos inocentes, no hay justicia", decimos cuando sentimos que la verdad no se reconoce. "Cuando no hay justicia, no hay justos", concluimos, cansados de ver que el sistema no siempre responde como debería.
Tal vez el problema es que dejamos la justicia únicamente en manos del hombre, y nos olvidamos de que existe algo que llamamos justicia divina, que para muchos es la mejor de todas las justicias.
A veces entramos en conflicto por situaciones donde nuestros seres queridos pueden verse afectados, directa o indirectamente. Hay situaciones que no merecen el desgaste emocional de recurrir a las leyes. Es probable que tengamos argumentos válidos y certeros para decidir cuándo algo requiere intervención legal y cuándo no, pero hay algo que se llama "precio", y es muy alto el costo emocional que ciertas situaciones pueden generar.
No siempre podemos, ni debemos, dejarlo todo en manos de la justicia divina. Hay delitos que, por su naturaleza, requieren penalización legal. Pero para aquello que sí podemos decidir nosotros mismos, sin tener que recurrir a las leyes, muchas veces es mejor dejárselo a Dios. ¿Qué mayor castigo puede recibir alguien que el que se impone a sí mismo? Y cuando hablo de justicia divina, me refiero a esa presencia que nos pone frente a cada situación donde debemos reconocer nuestros errores, asumir las consecuencias, y hacernos responsables de ellas.
Cada quien se castiga a sí mismo, tarde o temprano. Por eso creo que necesitamos estar conscientes de las acciones que generamos, y del daño que podemos causar en otras personas con nuestras actitudes. Solemos hacer mal uso de la razón, tendemos a ser violentos, agresivos, defensivos. Por eso es tan importante intentar ser justos antes de atacar a los demás.
Valoro profundamente a las personas irremediablemente justas, esas que no necesitan que nadie les invente una mentira para ayudarlas, cuando en realidad son culpables de algo. Cuando alguien reconoce su error y lo hace público, ahí está, en cierta forma, redimido, y esa es quizás la mejor manera en que la justicia divina puede abogar por él.
No seamos como los injustos que culpan a los demás para ganar indulgencia propia; eso es de lo peor a lo que puede llegar un ser humano. Aprendamos, en cambio, a ver la verdad en el corazón de las personas, a dejar la mentira a un lado, y a recordar siempre que arriba hay un Dios que ve hacia abajo. No olvidemos nunca que primero está la justicia divina, y después, la justicia del hombre.
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