Siempre he pensado que para muchas personas es más fácil dar dinero que dar amor. Resulta más rápido, más práctico: regalar dinero para salir del paso, para cumplir un compromiso, sin tener que detenerse a pensar en el otro.
Cuando un hijo o un familiar cumple años, no
son pocos los que prefieren regalar dinero antes que tomarse el tiempo de
buscar algo que realmente diga "te quiero". ¿Cuántos hijos hay
esperando su cumpleaños no por el dinero, sino por saber cuántas personas los
llamaron, los recordaron, les dedicaron un mensaje, una atención, un almuerzo?
Todos necesitamos ese afecto que alimenta el alma.
No es cuestión de dinero, es cuestión de
tiempo. Con los hijos, ¿cuánto tiempo les dedicamos en medio del trabajo que
nos consume? ¿Cuánto nos queda para conversar, para preguntarles cómo les fue,
para ver una película juntos? A veces, lo único que logramos es salir a comer
un fin de semana y llamarlo "tiempo en familia".
Creo que las familias se están deteriorando
poco a poco. La unión familiar es responsabilidad de quienes estamos al frente
del hogar. Cuando dejamos que el dinero compre nuestro tiempo, perdemos la
capacidad de agradar al otro, de llenar de emoción su corazón.
Hay algo hermoso en el proceso de pensar un
regalo para alguien: la búsqueda, la duda, el "¿le gustará esto?".
Cuando solo entregamos dinero, lo único que recibimos a cambio es un
"gracias, con esto compro lo que quiero" — y ahí muere la emoción.
El dinero es una energía necesaria para vivir,
pero también puede ser, según cómo se use, una energía que rompe el amor.
Cuando regalamos algo, la otra persona no sabe qué va a recibir. Su corazón late
por unos segundos imaginando: "¿qué me habrá comprado?". Y aunque a
veces no sea exactamente lo que esperaba, lo que importa es haber vivido esa
expectativa, esa emoción de saber que alguien se tomó el tiempo de pensar en
ti.
Cuando recibo un regalo, así sea el más
pequeño, lo agradezco de corazón. No es exageración: el simple gesto de que
alguien piense en ti es lo que despierta la emoción. Inténtalo alguna vez —
observa la cara de la persona cuando le entregas algo, aunque sea humilde. Ahí
está la respuesta de si tu atención llegó a su corazón.
No comparto, regalar dinero en vez de un detalle, no es mi
práctica. Creo que debemos esmerarnos en buscar, para quien es especial en
nuestra vida, algo que demuestre el afecto que sentimos.
En mi vida seguirá habiendo cajas de regalo,
bolsas, papel de regalo — pero jamás un sobre con dinero para obsequiar. Los
únicos sobres de dinero que manejo son los del banco; eso es una transacción
comercial, no un acto de amor.
Sé que hoy es práctico pedir dinero en las
bodas, en los quince años. Pero he visto parejas y quinceañeras salir
desmotivadas cuando no reciben "lo que esperaban". Quizás hubiera
sido mejor una olla, un sartén, una copa — cosas que hablan del aprecio de
quien las eligió. Nos hemos acostumbrado a convertir en acto mercantil lo que
debería ser un acto de amor.
El dinero no es todo. Es, muchas veces, la
salida de quien no quiere —o no sabe— buscar cómo llenar de alegría el corazón
del otro. Por eso, cuando mis hijos me piden dinero como regalo, no se lo doy.
Prefiero ver su cara, su expresión, sus ojos, su "gracias, justo lo que
quería" — y sentir que se saben queridos por mí.
Creo que regalar es el mejor acto de amor que
podemos ofrecer. El dinero lo reservo para pagar compromisos; el resto de mi energía
la dedico a halagar, a compartir, a sentir la emoción de quienes amo.
Si regalamos a otros como nos gustaría que nos
regalaran a nosotros, estaremos cultivando lo más valioso que existe: la unión
familiar.