Hay una pregunta que muchos se hacen en algún momento de la vida: "¿Dónde están mis amigos?". Tal vez surge después de una mudanza, un cambio de trabajo, una distancia que se hizo costumbre. Pero hay quienes nunca necesitan formularla, porque simplemente saben que sus amigos están ahí, en algún lugar, aunque no los vean todos los días.
La amistad verdadera tiene esa cualidad: resiste el paso del tiempo, las distancias, los cambios de etapa. Hay amistades que nacen en la universidad, en un trabajo, o incluso con un desconocido que se cruza en el camino y, sin planearlo, se queda para siempre. Son esas personas que uno recuerda con cariño, que ayudaron sin esperar nada a cambio, y que por eso mismo dejan una huella que no se borra.
A veces basta con decirle a alguien "siempre me ayudabas" para descubrir cuánto pesó esa ayuda en su propia historia, aunque para quien la dio pareciera un gesto pequeño. Lo que parece insignificante para uno puede ser enorme para otro. Y quien ayuda sin esperar nada a cambio, tarde o temprano, recibe de vuelta.
Seamos agradecidos con lo poco, para merecer lo mucho que está por venir.
La vida da muchas vueltas. Las personas van y vienen, cambian de lugar, e incluso cambian de corazón. Lo que no cambia es el amigo verdadero: ese que, aunque esté ausente, sigue presente desde donde esté. Esos son los amigos de las buenas y las malas. Simplemente eso: amigos. Y esa palabra tan sencilla, "simplemente", encierra algo grandioso, porque los amigos están para quererlos, para ayudarlos, para estar.
Al final, quien pierde una amistad pierde algo, pero quien gana una amistad verdadera gana una roca: algo más firme y duradero que cualquier piedra que alguna vez estorbó el camino.
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