lunes, 26 de abril de 2010

Quien sirve a quien?

A mí me encanta sentirme atendida y servida. ¿A quién no? A todos nos gusta que nos atiendan, que nos den respuestas cuando preguntamos, que nos orienten cuando pedimos orientación.

Cuando usamos la palabra SERVIR en el buen sentido, hablamos de poder ofrecer un servicio que satisfaga la necesidad de un cliente o usuario respecto a algún producto que le interese. Quiero, a través de esta anécdota, expresar lo que para mí representa tener cultura de servicio. Si la comparto es porque sé que algunos habrán vivido situaciones parecidas.

Días pasados fui a un banco y le pregunté al ejecutivo de atención al cliente sobre un servicio. Su respuesta fue: "No tengo información", y acto seguido se volteó y siguió su trabajo. Ante esa actitud no me quedó más que preguntar: "Disculpe, ¿dónde es Atención al Cliente?". "Es acá", respondió. "¿Y quién me puede dar información?", insistí. "Mi compañero, que no ha llegado."

Me quedé en el aire... sin embargo, me senté a esperar. NO al compañero, sino a pensar en las palabras adecuadas para hacer un reclamo ante tanta displicencia.

Como clienta, consideré necesario expresarle mi insatisfacción. Me acerqué y me senté frente a él: "Buenos días. Una pregunta: cuando un cliente tiene una queja sobre un servicio prestado por el banco, ¿a quién se dirige?". Él respondió: "A Atención al Cliente". "Entonces, ¿puedo quejarme con usted?", le pregunté. "Sí, claro." "Bueno... ¡tengo una queja de usted!"

"Yo soy clienta de este banco, y como clienta, cuando tengo una duda y pregunto a Atención al Cliente, es porque espero como respuesta algo que aclare esa duda, y me gustaría sentirme atendida. Sé que tal vez usted no maneje la información que pregunté, pero tal vez habría sido mejor escuchar, por ejemplo: 'Buenos días, señora, lamentablemente no manejo esa información. Mi compañero, que sí la maneja, no llega temprano, así que si gusta tomar asiento y esperarlo, con mucho gusto.'" Y le sonreí para suavizar el reclamo. Él, apenado, me dijo que tenía razón y que lo disculpara.

Simplemente acepté sus disculpas. Sin embargo, esa fue mi primera impresión, y con esa impresión me quedé. Con esa simple respuesta, tal vez no me habría ido con la información, pero sí con la sensación de haberme sentido atendida, al menos en el trato. Quizás en otro momento me habría dirigido al gerente de la agencia a quejarme del servicio; sin embargo, preferí hacerle ver a esta persona, yo misma, la función que tiene como prestador de servicio.

Quiero destacar con esta anécdota lo importante que es que todos tengamos cultura de servicio, y que la mejor manera de practicarla es instruyendo a cada miembro de nuestro hogar a servirse entre ellos mismos. Si somos capaces de servir en nuestra propia casa, seremos capaces de servir al prójimo, y ayudaremos —con un poco de nosotros— a ser mejores ciudadanos y a servir mejor a nuestro país.

viernes, 23 de abril de 2010

Donde estan mis amigos?

No es matar el tiempo, es matar el ocio

Hay una frase que repetimos sin pensar demasiado: "estoy matando el tiempo". Pero si lo analizamos bien, no es el tiempo lo que matamos, es el ocio.

Nos ponemos a hacer tantas cosas improductivas en un tiempo que pudiéramos usar para generar algo productivo en nuestras vidas. Decimos: "estoy matando el tiempo haciendo cualquier cosa", y resulta que esa "cualquier cosa" es nada para el tiempo que en realidad estamos perdiendo.

Al tiempo no se le puede tratar como ocio. El ocio es hacer cosas improductivas; te vuelves ocioso cuando no sacas provecho del tiempo. Visto así, nos decimos mentiras cuando afirmamos que estamos matando el tiempo, cuando lo que verdaderamente estamos matando es el ocio.

El tiempo hay que aprovecharlo, no matarlo. El tiempo se va y no vuelve. El ocio, por el contrario, viene, se va y regresa. Tal vez parezca un juego de palabras, porque muchos dirán que hacen con su tiempo lo que quieren, y eso es cierto. Sin embargo, luego de hacer lo que queremos con nuestro tiempo, nos damos cuenta de que no hicimos nada por aprovecharlo en algo productivo.

Algo productivo pudiera ser, por ejemplo: pensar más en nuestra vida, pensar más en nuestros seres queridos, hacer más por ellos, hacer más por nosotros mismos, dedicar el esfuerzo a construir una mejor versión propia para obtener nuevos resultados. Es momento de pensar con cordura, con inteligencia, y dejar el ocio para ese último espacio que nos sobre, porque de alguna manera hay que dedicarle un tiempito también, pero bien cortito, porque si no, se vuelve un hábito en la vida.

Al final, la diferencia está en una sola decisión: usar el tiempo o dejar que se nos escape sin darnos cuenta.

miércoles, 21 de abril de 2010

Pareja o Compañero?

Muchas veces decimos que queremos una pareja, sin preguntarnos realmente para qué la queremos. Porque cuando uno está solo, "sin compañía", no necesariamente necesita una pareja para sentirse acompañado. En todo caso, lo que se necesita es un compañero de vida.

Solemos decir frases como: "Tengo mi pareja", "Llevo tiempo con mi pareja", "Tengo muchos problemas con mi pareja", "No tengo pareja", "Somos una pareja dispareja", "No parecemos pareja"... De seguro muchos se sienten identificados con alguna de estas frases. Y es que no necesariamente las parejas son compañía, no necesariamente se entienden en todo, no necesariamente tu pareja es tu amigo o amiga.

¿Qué tal si en vez de decir "pareja" decimos "compañero"? Pocas veces escuchamos: "Tengo mi compañero", "Mi compañero es buena compañía", "Mi compañero me entiende y me apoya", "Mi compañero es mi amigo", "Mi compañero me respeta", "Mi compañero me ama". Y entonces uno se da cuenta de que tal vez el hecho de saber que tienes un compañero, en todo el sentido de la palabra, le da poder a la actitud que esa palabra representa.

Un compañero es justamente para eso: para sentirnos acompañados y estar acompañados. Quizás sería mejor decir "quiero un compañero de vida", en lugar de "quiero una pareja", porque pareja la tiene cualquiera... pero un compañero, muy pocas personas.

La mejor compañía es la del compañero que te acompaña en el crecimiento y en el logro de tus objetivos; el que te apoya sin que se lo pidas; el que te escucha sin cuestionarte; el que te ve no solo como su pareja, sino como su amigo o amiga.

Tal vez cambiando "pareja" por "compañero" conseguiríamos lo que en el fondo buscamos: no solo alguien a nuestro lado, sino alguien que de verdad camine con nosotros.