Me he equivocado tantas veces en mi vida que ya no entiendo qué tiene de malo el dicho tan conocido: "tropecé de nuevo con la misma piedra". Si lo pensamos bien, ¿realmente aprenderíamos algo de la vida si no tropezáramos con tantas piedras como las que hemos tropezado a lo largo del camino?
El problema no es tropezar. El problema es tropezar y no darnos cuenta de que tropezamos. O, peor aún, tropezar, caer, y no levantarnos. No es malo tropezarnos; lo que sí sería imperdonable es evitar el camino por completo, por miedo a caer, por miedo a equivocarnos.
Pensemos en cuántas veces hemos repetido el mismo error en una relación, en un trabajo, en una decisión financiera, convencidos de que "esta vez sería diferente". Tal vez la pregunta no es por qué volvimos a tropezar, sino qué aprendimos cada vez que lo hicimos, y si finalmente nos detuvimos a mirar la piedra antes de seguir caminando.
La mejor escuela de la vida es precisamente esa: la que nos enseña a través del tropiezo. La que nos dice: "tropezaste, y está bien, porque ahora sabes que esa piedra existe. La próxima vez que tropieces, fíjate si ya sabes cómo levantarte." Es la prueba que la vida nos pone a cada uno, para que salgamos de ella más fuertes, más despiertos, más nosotros mismos.
No podemos permitirnos estar todo el tiempo evadiendo los problemas en lugar de enfrentarlos. Y si tropezando es como aprendemos, entonces bienvenidas todas las piedras en mi camino. Porque más que el tropiezo en sí, lo que define quiénes somos es lo que hacemos después de él: si nos quedamos en el suelo, o si aprendemos finalmente a caminar distinto.
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